Los líderes, sean buenos o malos, en esencia se constituyen a partir de la influencia y el poder, ambas son condiciones necesarias para ejercer el rol de dirigir y alcanzar objetivos establecidos. Distinguir la diferencia es una tarea sencilla, y decidir hacer lo correcto con cada una de estas condiciones, es un signo de inteligencia relacional y buen liderazgo.

Liderar es una tarjeta de invitación al poder, quien lidera suma poder, su figura es vista como una posibilidad de la cual se puede recibir algo, ya sea: reconocimiento, reclamos, información, aprendizajes, castigos, oportunidades, afecto, soluciones, y un largo etcétera. Cuando un líder alcanza el poder, es prudente que desarrolle su capacidad de influir, para lograr que ocurra en los seguidores la inspiración, y así puedan tomar acciones y generar resultados, desde la responsable elección y no desde la obediencia hacia la autoridad.

El poder tiene tintas de mieles, que embriagan la nobleza; asciende el egocentrismo a latitudes insospechadas, donde solo se ve a sí mismo, el horizonte es soledad; también, es capaz de esculpir creencias de omnipotencia, que solo Dios es apto para demoler. Es que el poder gusta tanto, que hasta el que se niega a recibirlo en su morada, cuando llega a él, le entra una bocanada de helio, que se infla y se lo cree.

Sumar poder puede ser una tentación casi irresistible, cuando se está en una posición de dirección, pero en ocasiones, la cantidad de poder reduce el uso de la influencia.

Muchos gerentes y directores de empresas y organizaciones, eran líderes con muy buena influencia en sus equipos, y cuando ese liderazgo les llevó a nuevos roles de mayor jerarquía, se refugiaron en el poder y dejaron de usar la influencia.

No se trata de negarse el poder, me refiero, a que el poder es un espacio condicional, que puede ser mejor aprovechado desde el uso de la influencia; desde la construcción armónica, donde ambos coexistan para recrearse en función del objetivo primario de servir a los otros.

Un líder no necesita amenazar con su poder, cuando lo hace, está mostrando su incompetencia para influir.
La influencia en el poder

Quien goza de poder, y se apoya en la influencia genuina, tiene ganancias inadvertidas; el uso constante de la influencia, minimiza la necesidad de posturas radicales, para conseguir soluciones consensuadas; el camino de la influencia puede consumir mayor energía y tiempo, pero es más perdurable y sano.

Influir en la gente es una forma de sembrar semillas de impulsos; que van creciendo a lo largo de los días y meses, que le permite al líder tener mayor confianza en sí mismo, y en la gente que conduce. La influencia deja de ser un espacio ajeno al poder, cuando el poder deja de ser el centro de la acción del líder.

Aquellos líderes que han impactado positivamente las organizaciones y el mundo, se sabían poderosos, pero se hacían influyentes; reconocían la magnitud de su poder, y desde allí, influían sin intención de manipular. A estos líderes se les reconoce por la capacidad de influir y servir, y no por la cantidad de poder que sumaron.

Los líderes influyentes invitan sin imponer; educan sin adoctrinar; inspiran desde la congruencia; comparten saberes sin egoísmo; solucionan problemas sin creerse héroes; edifican relaciones humanas, alejándose de posturas de superioridad. Aprendamos a ser líderes capaces de combinar el poder y la influencia, donde los hilos que las unen se fundan, para constituir un proceso basado en la expansión liberadora de todos.