Mucho se ha especulado sobre la naturaleza del mensaje del último libro de la Biblia, conocido con el nombre de Apocalipsis. Para algunos, este libro no es más que un conjunto de predicciones encriptadas en imágenes sobre los acontecimientos del futuro. Esto ha cautivado la atención de un gran número de personas adeptas al género esotérico. Dicha interpretación distorsiona el mensaje de este libro y lo reduce a una visión poco esperanzadora, e incluso predestinada, del futuro. Por el contrario, el libro del Apocalipsis fue escrito por las primeras comunidades cristianas con el fin de despertar la fuerza del testimonio y reencontrar la esperanza en tiempos de miedo y desesperación ante la crueldad del Imperio Romano. ¿Cómo entender, entonces, la esperanza que se ofrece?

Un gran escritor ruso, Fiódor Dostoyevski, escribió una vez: “vivir sin esperanza, es dejar de vivir”. La esperanza ha sido, frecuentemente, puesta en entredicho; algunos piensan que es la fuerza que motiva a vivir, otros la ven como una vía de escape para no afrontar realmente la complejidad de nuestra realidad, y aun hay quienes dicen que “la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el sufrimiento del hombre”.

Eliminar esperanza. La lógica totalitaria o imperial necesita eliminar toda esperanza, pues una vez que la esperanza ha sido vencida y vulnerada es posible doblegar la voluntad de sentido y la libertad de un colectivo o de un individuo. De esta forma, el totalitarismo logra imponer su lógica y ocupar el lugar que antes tenía la esperanza, y una vez que la lógica fanática se impone, toda esperanza se reduce a las esperas parciales que ésta pueda ofrecer o cumplir. Pero lejos de ofrecer un horizonte de sentido, la lógica absoluta deforma la realidad humana desdibujando su identidad y hundiéndola en la dependencia de las esperas parciales.

En medio de la dureza de la realidad, podemos llegar a consternarnos, lo cual significa que no hemos perdido la esperanza. Cuando la consternación existe, aún hay esperanza. Al perder la capacidad de consternarnos o cuestionarnos, hemos perdido toda esperanza y, más todavía, hemos mutilado de nuestra humanidad la única capacidad que nos permite pensarnos, discernirnos y proyectarnos. La densidad de nuestra esperanza trasluce la densidad de nuestra humanidad y evita, justamente, que ella se desdibuje en la indiferencia, la resignación, la apatía, la fuga, etc.

Nada hay más transformador que la esperanza, por eso, el totalitarista tiene que avanzar doblegando toda instancia de esperanza. La historia nos ha mostrado cómo la misma lógica tiránica tarde o temprano termina devorándose a sí misma y a sus propulsores. La luz de la esperanza, por débil que sea, termina iluminando e impulsando las fuerzas dormidas de nuestra humanidad. El Papa Francisco ha recordado: “vivir con esperanza no es simple optimismo”, es vivir activamente en tensión más allá de nosotros mismos.
Horizonte abierto. San Pablo nos recuerda: “estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados” (2 Cor 8, 10). La perplejidad posibilita la espera y nos abre a la esperanza. Sin perplejidad reinarían la desesperanza y la indiferencia. La esperanza de un creyente es radical, ya que no espera hasta morir para ver algún tipo de acción divina que transforme su realidad. Su esperanza es la de un horizonte siempre abierto a esa trascendencia que los creyentes llamamos Dios. Es saber que Dios tiene la última palabra sobre los verdugos que destruyen a la humanidad y le roban su futuro.

 

Apocalipsis y esperanza por Féliz Palazzi