Antes de incorporarme a la computadora para un nuevo asalto a la página en blanco, tuve un sueño bastante peculiar. Pasé la noche pensando en el hambre de mis hermanos venezolanos, una de las penurias de nuestra gente. Soñé que estaba junto a mis compañeros de bachillerato en los surtidores de gasolina de una estación de servicio. Pocas caras sonreídas.

Los que eran gordos estaban flacos, los que eran alegres no podían ocultar la angustia. De repente, el gerente de la estación llamó a todos para hacer entrega de un bulto de arroz y otro de pasta a cada uno. La comida se terminó cuando faltaban 5 personas y dio pie a una gran refriega que inició justo cuando desperté.

Quise evitar hablar de nuestros temas tristes, cambiar un poco el aire y aventurarme por una breve crónica o algo diferente de lo mucho que hay para decir. Pero el hambre no espera. Es nuestra primera necesidad y preocupación más latente.

Recientemente escuchaba en la radio una entrevista a un médico que desde el exilio hablaba sobre las consecuencias a futuro de la desnutrición que se observa hoy en el país. El mayor impacto lo sufre la población infantil. En su etapa de crecimiento, el niño precisa proteínas, calcio, hierro y vitaminas para el buen desarrollo de su cuerpo. Estos, como se sabe desde hace un par de años, son los elementos que más escasean en la Venezuela actual, afectando el mañana.

El país de hoy es caldo de cultivo para enfermedades crónicas y para una sociedad débil. ¿Cómo será el país que viene?

Según el censo del Instituto Nacional de Estadística en 2017 tendremos 8.292.104 habitantes menores de 14 años. No existe una estimación exacta sobrequé porcentaje de esa población será el que presente mayores afectaciones producto de la desnutrición, sin embargo, no es descabellado pensar que esta cifra se puede cotejar con la tendencia nacional que han expuesto diversas firmas consultoras.

El mes pasado la empresa More Consulting informó que 53,9% de los venezolanos afirman irse a dormir con hambre por falta de comida en sus hogares.

También, 88,9% tiene miedo de quedarse sin alimentos. Por otro lado, Datos dice que 90% de la sociedad compra menos comida que antes.

El año próximo más de la mitad de la población de Venezuela (18.862.827 habitantes) será menor de 34 años. ¿Qué tipo de personas tendremos? ¿cómo será el funcionamiento de una sociedad minada por el hambre y proclive permanentemente a la desestabilización evidenciada este año? Son preguntas que ameritan una profunda reflexión. No sé si la élite política se las está haciendo. Sí sé que del lado de la oposición hay infinitamente más personas preocupadas por esta situación. Del lado del gobierno la respuesta “socialista” ha sido la estatización, el control militar y la creación de los nuevos soviets de la comida o Clap (comités locales de abastecimiento y producción).

Para ordenar las ideas y permitirnos el lujo de mantener la calma en medio del caos, me parece que no podemos perder la fe. ¿Histérico? Sí, la fe. Se estimula a través de la oración.

Es un acto reflexivo y potente en el que conversamos con Dios.

No importa de qué religión sea usted, estimado lector. No importa incluso si es agnóstico o ateo, porque también los agnósticos y ateos creen en algo (los primeros tienden a inclinarse por la ciencia y los segundos no creen en “nada”, aun cuando esa “nada” está repleta de significado).

Ángel Arellano