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Hace cuatro días fui al supermercado. Tenía tres semanas sin ir, pero me sentí como si me hubiera quedado dormida durante años y regresara luego a un sitio donde todo me resultaba ajeno. Los precios, en particular.

Compré lo imprescindible. Por supuesto, no había harina de maíz, ni de trigo, ni leche, ni café. De lo demás, había de todo. Pero a precios incomprables. Todo está dolarizado, con el agravante de que ganamos en bolívares. Cosas que antes compraba “para darme un gusto”, como decía mi mamá, no pude adquirirlas. Había productos, como un vino importado en particular, que la última vez que lo compré –hace dos semanas– me costó Bs. 25.000 y ahora cuesta Bs. 129.000. ¿Qué locura de precios son estos?… Aun cuando pudiera comprarlos, ¿cómo hacerlo, si hay personas registrando los basureros en las calles para comer?

Yo puedo entender el hambre en países como Eritrea, que ni produce, ni importa. Pero en Venezuela, ¡no! En Venezuela nadie debería pasar hambre.

La ida al supermercado fue una agonía. Por los precios, pero más aún por las interacciones con las personas que, como yo, allí se encontraban, incrédulas ante el fenómeno de la hiperinflación. El gobierno culpa a una inexistente guerra económica, cuando todos sabemos bien que esa guerra solo existe en la imaginación febril de Nicolás Maduro y su combo. Muy conveniente tener a alguien a quien culpar de sus desaciertos y pésimas políticas económicas. Ha sido la táctica del G2 cubano, culpar de todos los males que suceden en Cuba al bloqueo norteamericano. Pero aquí no ha habido bloqueo. Tan solo se han anunciado sanciones personales e individuales a altos personeros del gobierno.

Tenemos que tener muy claro que las sanciones no son contra Venezuela, sino contra ellos.
Cuando estaba a punto de salir del supermercado se me acercó un señor. Bien vestido, limpio, educado. Muy delgado, eso sí. Traía en sus manos un paquete de pan de sándwich y un queso fundido. “Me da mucha pena, señora”, me dijo. “Pero necesito ayuda para pagar esto”.

Aquí sigo, horas después, sobrecogida por sus palabras. Hambre. Mis compatriotas tienen hambre. Y muchos pasan por la humillación de tener que pedir limosna. Gente que ha trabajado toda su vida, cuyas pensiones son risibles. Esto tiene que cambiar. ¡Vota el 15 de octubre!

@cjaimesb

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