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Especialistas advierten que 60 % de quienes asisten a liceos públicos solo se interesan por desempeñar oficios sobre la idea de recibir un título en alguna casa de estudios superiores


Con apenas 19 años de vida ya enfrenta la idea del fracaso personal en un futuro incierto que divisa con tristeza. De hecho, lo vaticina como “miserable y lleno de limitaciones” en un escenario que describe como convulsionado e inestable.

Ese es el criterio de Augusto José Reyes, quien culminó el bachillerato en 2013, y desde entonces renunció a la idea de llevar toga y birrete por considerar que en este país no se dan las condiciones ideales para el beneficio de quienes estudian carreras universitarias.

“Tengo un tío ingeniero que es taxista, hay personas que revenden alimentos de la cesta básica que nunca estudiaron pero están ganando mucho más que un sueldo mínimo, por eso no le veo sentido al estudio”, confiesa con cierto recelo.

Reyes es parte de una estadística que se ha ido formando en el estado Anzoátegui pero que no logra tomar cuerpo porque entes oficiales o gremiales no manejan una cantidad precisa de jóvenes que han desertado por sentirse traicionados por el sistema educativo.

De acuerdo a datos ofrecidos en agosto del año pasado por el exdirector de la Zona Educativa de la entidad, Rubén Darío Núñez, el período escolar 2015-2016 inició con una matrícula de 407 mil 548 estudiantes, cifra que se contrasta con los números del cierre de este lapso.

Y es que la actual autoridad única de educación de la región, Carmen Castillo, informó en agosto de 2016 que el ciclo educativo recién culminado cerró con 397 mil 491 niños, niñas y adolescentes que cursaron estudios de educación básica, media y diversificada.

Si se comparan los números proporcionados por Núñez y Castillo, al cabo de un año quedaron por fuera del sistema educativo en el referido período cerca de 10 mil 057 estudiantes.

Pese a esto, Castillo no especificó qué sucedió con esta población pero afirmó que la deserción escolar es normal, y añadió que el abandono de las aulas no superó el 2 % como quisieron hacer ver algunos gremios de la educación.

Y aunque nadie parece tener claro qué sucedió con esta población estudiantil, algunos especialistas hacen sus aportes sobre el tema para hacer la idea más redonda y buscar soluciones al problema.

Uno de ellos es el psicopedagogo escolar Cristian Velásquez, quien analiza la situación del sistema educativo en Venezuela y cree que la desesperanza de los jóvenes tiene una lectura más amplia, en donde el tema económico no es el único detonante.

El también orientador explica que aspectos como la desorientación en el núcleo familiar, el desprestigio de las carreras universitarias ante los oficios informales y el poco incentivo del sistema educativo son algunos de los ingredientes de esta receta.

Velásquez cuenta que está trabajando en una maestría en la Universidad de Córdoba, Argentina, la cual aborda el tema de la orientación vocacional juvenil, y para la que ha tomado 10 liceos públicos y uno privado como muestra.

El docente asegura que en los planteles pagos existe una gran voluntad de los estudiantes por evolucionar y asistir a la universidad. Añade que el 90 % de los alumnos muestra interés por prepararse en casas de estudios superiores.

“Muchos de estos adolescentes están conscientes de que quieren mejorar su calidad de vida, además de que algunos ya tienen la idea de irse del país, y saben que con un título universitario podrían afrontar el reto de mejor manera”, apunta Velásquez.

Una realidad menos alentadora observa Velásquez en recintos educativos públicos, en donde el especialista destaca que solo 40 % de los escolares manifiesta su deseo de titularse en alguna alma máter del país.

Agrega que el 60 % restante únicamente baraja la posibilidad de ejercer oficios como los de policía, militar o dentro del comercio informal, idea que manejan, en su mayoría, por razones que no obedecen al sentido de la vocación.

“Estos jóvenes solo piensan en el poder que ostenta un funcionario policial o militar al portar un arma de fuego en la calle o cómo un buhonero hace más dinero vendiendo tal o cual producto”, declara Velásquez.

Expone que la variación de estos indicadores puede nivelarse si los familiares ponen más atención en sus hijos, orientándolos, además de que si los mismos estudiantes tuviesen más confianza en sí mismos.

En el caso de Gilberto Méndez, psicólogo clínico y familiar, el especialista manifiesta que en los últimos seis meses las consultas que ofrece para tratar temas como el de la desesperanza escolar han aumentado 50 %.

Acerca del tópico, Méndez señala que la situación del país ha confinado a muchos jóvenes al sentido estricto de la supervivencia, el cual bloquea sus deseos de superación y estos son reemplazados por la necesidad de trabajar para mantenerse.

“Esta perspectiva distorsiona el pensar de los muchachos, quienes están motivados por un instinto casi que primitivo, el cual priva sobre los demás y desmejora su autoestima, al punto de hacerlo creer que no merece algo mejor”, prosigue el psicólogo.

Méndez recalca que la desesperanza está asociada a cómo cada individuo interpreta la realidad, por lo que en momentos de crisis hay quienes desarrollan su máximo potencial mientras que otros se limitan o paralizan por esa sensación de fracaso, la ansiedad o el miedo al fallar.

Alega que esto es peligroso para una sociedad, puesto que se están formando ciudadanos cargados de frustraciones, quienes en un futuro vivirán con las ganas de cumplir anhelos de la juventud que no podrá alcanzar, entre ellos estudiar.

“Estas personas formarán una familia y tendrán limitaciones a nivel económico, social y educativo por tener apenas un bachillerato a cuestas. Los adolescentes no lo ven así ahora mismo pero los afectará”, remata Méndez.

Muchos jóvenes han preferido trabajar que dedicar su tiempo a estudios de bachillerato.

Juicios
Pero más allá de ahondar en detalles del porqué de este “fenómeno”, hay quienes hacen señalamientos y buscan responsables a una situación que califican de “caótica” y eventualmente “destructiva” para el país.

Maira Marín, representante del Sindicato Venezolano de Maestros (Sinvema) en el estado Anzoátegui, admite que la cifra de muchachos que se muestran desinteresados por cursar estudios en la universidad va en incremento pero desconoce un número exacto.
Admite que como organización no han hecho una evaluación exhaustiva sobre el tema, sin embargo apunta a que es una situación real porque desde el punto de vista económico ya ser profesional no luce atractivo para la generación de relevo.

“Nadie quiere ser docente, médico o sacar alguna licenciatura en general cuando conocen los sueldos que estos especialistas devengan. Pese a eso, los jóvenes deben entender que esta situación es coyuntural y que los estudios le quedarán de por vida”, sostiene la educadora.

Opina que el sistema de educación venezolano no brinda las herramientas e incentivos necesarios para que estos muchachos se preparen y sientan la necesidad de estudiar en una universidad.

Pero Jesús Alejandro Araguache, director regional de Fundayacucho, difiere sobre este particular, citando los esfuerzos que hace el gobierno venezolano en materia de educación.

El funcionario comenta que en la entidad están becados 540 bachilleres, quienes reciben mensualmente un aporte de 8 mil bolívares para que puedan cursar estudios superiores en instituciones públicas o privadas del país.

Declaró que 420 becas más están en proceso de ser otorgadas en la región, trabajo que en medio de la crisis se ve como una luz al final del túnel y como un gran incentivo para la generación de relevo del país.

Preocupación

La directiva regional de la Federación Nacional de Asociaciones de Padres y Representantes (Fenasopadres) no maneja cifras ciertas sobre deserción en centros de educación básica, media y diversificada porque aseguran que los números están bajo llave por parte de las autoridades de la Zona Educativa. Pese al blackout informativo, creen que la cifra es alarmante e insisten en que los padres deben intervenir e involucrarse más con sus hijos.

 

Paúl Rivas González
[email protected]

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