“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia”(Ef 4:31)

A veces, o muy a menudo en realidad, el enojo emerge sin control. Cuando esto sucede no procedemos con objetividad, no razonamos, simple y llanamente, atacamos. La ira descontrolada es la emoción más destructiva que invade a los seres humanos. Ella nos hace arremeter contra los demás.

En minutos, arruinamos relaciones que nos llevó años edificar. La ira destruye matrimonios, destroza amistades, causa división en la familia, discordia entre socios, engendra odio y resentimiento.

Ni siquiera los cristianos estamos exentos de ser dominados por la ira. Después del arresto de Jesús, Pedro negó con ira a su Señor: “Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco a este hombre de quien habláis” (Mc 14:71). Pablo tuvo que instar a los cristianos efesios: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia”(Ef 4:31). Los cristianos tenemos una gran nube de testigos, por eso debemos dar ejemplo de dominio propio. Pablo dijo: “«Si se enojan, no pequen». No dejen que el sol se ponga estando aún enojados”(Ef 4:26 NVI).

Sentir ira no es pecado. Jesucristo se airó contra quienes habían corrompido la adoración en el templo de Dios en Jerusalén (Jn 2:13-18). Pablo confrontó a Pedro por su hipocresía religiosa(Ga 2:11-14). Nótese que ninguno de estos ejemplos de ira involucrala auto-defensa, sino la defensa de un principio. Hay muchas razones, justificadas o no, por las que nosotros nos enojamos; pero el pecado inicia cuando dañamos a los demás.

“Pues la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere” (St 1:20 NVI).

La buena noticia es que, con la ayuda de Dios, podemos dominar la ira, en vez de ser dominados por ella. La Biblia ordena: “Renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4:23-24). Pero, ¿cómo podemos renovar la mente? Pues, impidiendo que pensamientos de odio y resentimiento envenenen nuestras almas. Sea cual sea la causa de tu ira, entrégasela al Señor y pídele que la reemplace con el fruto del Espíritu Santo: “Amor…mansedumbre, templanza” (Ga 5:22-23). La ira desaparece cuando el fruto del Espíritu llena nuestros corazones. Si has estado acumulando ira hacia alguien, entrega ese sentimiento a Cristo y ora para que te ayude a deshacerte de esa carga. Jesús dijo: “Bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian” (Lc 6:28). Alguien que obedece este mandamiento no puede permanecer enojado.