Escasez de vacunas, medicamentos, ineficientes saneamientos ambientales, desnutrición y decisiones políticas hacen de Venezuela un terreno fértil para las epidemias 


El sistema de salud venezolano agoniza, convulsiona, sufre y pide ayuda. Si fuera una persona, ya habría muerto con la reaparición de amenazas para las que su cuerpo no estaba preparado. No esperaba que después de 50 años de padecer el último síntoma de malaria, se enfermaría 180 mil veces más por este mal durante 2016.

Tampoco estaba preparado para el brote de 83 mil casos de zika, dengue y chicungunya que estima el Colegio de Médicos de Venezuela. Mucho menos para los cuatro mil enfermos de tuberculosis, 255 casos de Guillain Barré y las 18 muertes por difteria solo en lo que va de año. Todas enfermedades controladas o erradicadas, pero prevenibles.

La advertencia del riesgo epidemiológico tiene antecedentes. Las amenazas recientes surgieron –al menos- desde 2009 con la aparición de la gripe AH1N1 y los cuatro mil 510 infectados. Posteriormente, los 57 mil padecimientos por sarna hasta 2011 -sin contar el repunte actual del que no existen cifras- aconsejaron al gobierno nacional implementar políticas de saneamiento eficientes.

Pero las autoridades prefirieron inmortalizarse como los tres monos místicos: no ven, no oyen, no dicen. Con la amenaza de la gripe porcina, el Ministerio de Salud (Min-Salud) construyó altos muros a su alrededor para restringir el acceso a las cifras oficiales. Los boletines epidemiológicos semanales comenzaron a ser extraordinarios. Pero desde hace 17 meses son ausentes. El país entero desconoce de qué enferma y de qué fallece.

El proyecto de Ley de Presupuesto de este año ignora por completo la necesidad de vigilar los movimientos epidemiológicos. Los recursos para Min-Salud serían de 86,710 millardos de bolívares. Pero solo 0,05% de esa cantidad se destinaría a la sanidad ambiental: 38 millones de bolívares.

Aun tomando la referencia del monto total, Venezuela es mezquina con el sistema en comparación con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Los estimados del ente internacional refieren que cada nación debería invertir entre 8% y 10% de su Producto Interno Bruto (PIB) en el área. Pero sobre las proyecciones que hizo el Estado del PIB para este año (8,07 billones de bolívares), solo reservaron 1,07%.

La insuficiencia de fondos supone una razón para que los cercos epidemiológicos y los programas preventivos se debilitaran. Pero la diputada de la Asamblea Nacional por Anzoátegui, Oneida Guaipe, estima que desde hace más de cinco años abandonaron los programas nacionales de vacunación.

Aunque no todos los males se tratan con la inmunización, habría servido para mantener fuera del territorio a la difteria, la tuberculosis, hepatitis B, entre otras amenazas. Las fumigaciones y abatizaciones también han sido esporádicas y solo de forma reactiva y no preventiva de las enfermedades que producen los zancudos. En los últimos cinco años, ni siquiera se ha hecho jornadas de información, según refiere la asambleísta designada para el área de salud.

Sobre la escasez de vacunas, que en la región afecta a todos los recintos públicos a excepción de la clínica municipal de Lechería a según el Colegio de Médicos, trasciende que tiene origen en una deuda millonaria que contrajo el gobierno con las casas productoras de vacunas. El exministro de Sanidad, Carlos Walter, revela que Venezuela debe 40 millones de dólares a proveedores internacionales porque en el país no se producen inmunizaciones.

El dinero mal invertido también destroza la billetera nacional. Al menos 795 millones de bolívares de los viejos los destinaron a la empresa socialista para la producción de medicamentos biológicos (Espromed Bio) en la Universidad Central de Venezuela (UCV), Caracas. Pero a la promesa de elaborar 150 millones de inmunizaciones anuales -para cubrir la demanda nacional de 21 millones y vender el resto- la adorna un signo de interrogación gigante. Nadie sabe qué ocurrió con los recursos y con el funcionamiento de la empresa revolucionaria.

“En la UCV solo etiquetan algunas vacunas que vienen de Cuba. Esto no es solo ineficiencia, también corrupción. Buena parte del gasto en salud se pierde. Otras empresas de medicamentos ni siquiera se han terminado. Se compró materia prima y se venció”, revela el extitular de sanidad.

Pero otro de los fracasos que apunta Walter es que los vectores trasmisores de virus se han propagado. Y en cambio, en los lugares donde escasea el agua prolifera la escabiosis. Todo un panorama de caos en medio de decisiones que –considera- politizan la salud.

Su propia cronología estima que, desde el paso del general Mantilla como cabeza de Min-Salud, el sistema tomó un rumbo de tropiezos por estar al mando de militares que solo conocen de armas. La experiencia le indica que las decisiones puertas adentro se toman por relevancia política, como el caso de ocultar números para no rayar una gestión que en papeles se proclama eficiente.

“No ha existido la vigilancia epidemiológica adecuada porque se ha descuidado la cobertura de vacunación que debe proteger a al menos 90% de la población susceptible para que sea efectiva. Los porcentajes de cobertura han disminuido. Además esconden información y cuando existe no es confiable porque (realmente) no hay mecanismos. De nada vale vacunarse solo una vez. Ese registro tampoco se ha informado”, rechaza Walter.

Elementos agravantes

Preocupa no solo el déficit de vacunas, sino también su procedencia. El farmaceuta y profesor de la UCV mención sanitario asistencial, Carlos Rodríguez, explica que la triangulación del producto representa otro problema. Aparentemente, Cuba compra las inmunizaciones a otros países, las traslada a Venezuela y aquí se etiquetan. La cadena de custodia se pierde entre tantos vuelos y su garantía queda en duda.

Pero el contexto actual del país sentencia a los enfermos. Rodríguez revela que es poca la sanidad de ambientes, el ineficiente tratamiento de aguas servidas e incluso la escasez de una alimentación balanceada agrava la prevención y el tratamiento de los pacientes.

Las estimaciones del profesor son más dramáticas. Él, quien se dedica a estudiar los programas sanitarios a propósito de su profesión, se atreve a afirmar que las políticas eficientes están moribundas desde hace 10 años.

Explica que cuando se deja de aplicar medidas preventivas, los agentes de enfermedades controladas o eliminadas avanzan desde los bosques, pantanos y lugares contaminados hasta los sitios más poblados porque la vida se hace propicia para ellos. Es este el caso de la tuberculosis, asociada a países tercermundistas y sumergidos en miseria. También es el caso de la sarna, que está estrechamente relacionada al hacinamiento y falta de higiene.

“Estamos en un país con dificultades para tener agua potable, luz, comida (…) cuando hay todas esas condiciones se hace difícil la prevención. El sistema inmunológico de las personas está débil por falta de alimentación balanceada y recaen en infecciones. Tenemos alto índice de mortalidad. A eso súmele: la escasez de medicamentos. No podemos decir que la culpa de esas enfermedades (que pueden provenir de otros países) no es nuestra. Si permitiste la entrada, tú eres culpable también”, advierte Rodríguez.

En esta situación, el reto de los médicos aumenta. No solo deben diagnosticar a tiempo y con pocos recursos una enfermedad que quizá nunca habían tratado, sino también se enfrentan pacientes con poca capacidad de recuperación.

El presidente del Colegio de Médicos estadal, Arquímedes Velásquez, acepta que al menos 50% de la población padece algún nivel de desnutrición. En el caso de los niños, dos de cada tres están afectados. La depresión del sistema inmunológico por la mala alimentación es lo que termina agravando la condición de los infectados en las distintas epidemias.

Sin medicamentos

El tratamiento a tiempo es lo que finalmente salva la vida de los enfermos. Pero eso en Venezuela tampoco se garantiza. Cuando el brote de las complicaciones por Guillain Barré, el país no tenía en inventario inmunoglobulina para su tratamiento, según confiesa el presidente del Colegio de Farmacéuticos de Venezuela, Freddy Ceballos.

Pero en general, el gremio estima que la escasez de medicamentos ronda el 85% de todo lo que demanda el país. Con mayor acentuación en antihipertensivos, anticonvulsivos, antibióticos, antivirales, fármacos para la esquizofrenia, Parkinson, depresión, ansiedad y para diagnósticos específicos como malaria y difteria.

Probablemente el déficit tampoco se vaya a resolver pronto. Ceballos recuerda que el gobierno también tiene una deuda de cinco millardos de dólares con las grandes corporativas productoras de medicinas. Y en lugar de invertir en fabricación de lo que falta en las botiquerías, el Estado se empeña en invertir en distribución a través de los comités locales de abastecimiento y producción (Clap) controlados por –también- militares.

“Eso no es un problema de distribución (…) están quebrando las farmacias. Nosotros en 24 horas podemos distribuir todo, solo nos competía la prensa nacional. Para producir debes tener materia prima. Se eso no se logra, seguiremos en los mismos problemas. Debemos despolitizar el problema de los medicamentos”, pronostica el presidente del Colegio de Farmaceutas.

Versión oficial

Aunque las autoridades cierran constantemente las puertas a los periodistas, la epidemióloga regional, Marisela Azócar, se atrevió a admitir que el repunte de enfermedades ya erradicadas tiene origen en las malas condiciones de higiene. Sin embargo, suaviza su argumento recordando que hay condiciones climáticas que se prestan para la proliferación de agentes.

A pesar de las muertes por Guillain Barre que nunca fueron oficialmente contabilizadas y la epidemia de zika en al menos 11 municipios del estado durante este año, la autoridad regional desestima que exista una crisis de salud pública. Revela que ni siquiera revisan que las personas que se trasladan desde Bolívar hasta Anzoátegui estén sanos de difteria. Aunque hasta ahora solo anunciaron un caso sospechoso.

Azócar comenta que las vacunas están garantizadas, aunque advierte desconocer qué cantidad de niños en el estado están vacunados. Lo que sí insinúa es que deberían revisar la función del personal de los distintos organismos encargados de prevenir las enfermedades que ahora proliferan en el territorio venezolano.

En cuanto a cifras, la inmunóloga regional afirmó que actualmente cuentan con seis mil dosis de pentavalente (contra la difteria, tos ferina, tétanos, poliomielitis); 14 mil de trivalente (contra sarampión, parotiditis y rubéola), seis mil contra rotavirus; seis mil de BCG (contra la tuberculosis); 13 mil diftéricas; cuatro mil 200 antitetánicas y ocho mil retrovirales. Con este lote –dice- no existe escasez de vacunas en ningún ente público.

Médicos entrenados

El secretario de Reclamos del Colegio de Médicos, Humberto Omaña, asegura que el conocimiento teórico que han recibido los profesionales en las universidades es suficiente para enfrentar brotes de males que hasta ahora los hospitales no habían recibido. Sin embargo, hace la salvedad que los recintos no deberían recibir ese tipo de casos. Recuerda que la prevención es más económica que el tratamiento. Aunque apunta que los padecimientos con más repunte en la región es la sarna y el zika, coincide en el argumento de que desde 2006 se abandonaron los programas de saneamiento ambiental.

Katherine Carrizales
[email protected]