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En un artículo titulado “¿Por qué Cuba se ha vuelto un problema difícil para la izquierda?”, el intelectual portugués Boaventura de Sousa Santos reflexiona sobre el lugar de la Revolución Cubana en el pensamiento político de la segunda mitad del siglo XX y la influencia que tienen los cambios de los últimos años en este país dentro de las corrientes progresistas dela región.

El autor explora todos o casi todos los entreveros que comprenden el “socialismo posible” de los Castro. También deja espacio para espejos en los que se miran las élites de los demás gobiernos de América Latina. Acompañamos al autor en la siguiente observación: “Europa y América del Norte podrían ser lo que son al margen de la Revolución Cubana, pero no se puede afirmar lo mismo de América Latina, de África y de Asia”.

Desde el ascenso de la Revolución, Cuba no ha perdido su papel estelar en el devenir político de la región. Existen dos casos particulares que por su actualidad merecen nuestra atención: la soledad internacional a la que se enfrenta el gobierno de Venezuela y el revés electoral del acuerdo de paz en Colombia. En ambos Cuba participa como eje. El sistema antítesis de la democracia, reflejo de la crueldad y de una férrea y longeva dictadura, patrocina al régimen chavista que sigue sus pasos, y ha sido el enlace para las negociaciones entre la administración de Juan Manuel Santos y las FARC. Promover el caos del Socialismo del Siglo XXI y hablar de paz, nada más contradictorio.

Miremos en las siguientes reflexiones de De Sousa Santos un par de acotaciones (o moralejas) que pueden servir para identificar desaciertos de los gobiernos de Colombia y Venezuela, salvando las distancias entre la condición democrática del primero y la naturaleza autoritaria del segundo.

“Democratizar significa transformar relaciones desiguales de poder en relaciones de autoridad compartida. En tanto las relaciones desiguales de poder actúan en redes, raramente un ciudadano, clase o grupo es víctima de una de ellas por separado. (…) El pluralismo político y organizacional se convierte así en un imperativo”.

“Las relaciones entre carisma y sistema es, pues, muy sensible a veces, y particularmente en momentos de transición. El carisma, en sí mismo, no admite transiciones. Ningún líder carismático tiene un sucesor carismático. La transición solo puede ocurrir en la medida en que el sistema remplaza al carisma. Pero, para que tal cosa suceda, es necesario que el sistema sea suficientemente reformista para lidiar con fuentes de caos muy diferentes de las que emergían del líder”.

La permanencia en el futuro de cada gobierno dependerá de su voluntad de reforma y democratización. El colombiano se enfrenta a la derrota del plebiscito al que sometió el acuerdo de paz, redactado luego de largas jornadas de negociación con una guerrilla izquierdista devenida en grupo narcotraficante y terrorista. Por otro lado el régimen venezolano cuenta con un apoyo de apenas 20% de los encuestados, siguiendo las cifras más optimistas. Ha demostrado tal capacidad de torpeza para manejar la crisis económica, política y social del país, y tal capacidad de soberbia para mantener la implementación del proyecto (Castrista, por supuesto) diseñado por Hugo Chávez, que parece contar sus días en el poder.

En toda esta escena se encuentra Cuba. En momentos expectante y en momentos participante. A veces pasiva y a veces activa. Mientras la isla se prepara para una transición que impone la vejez de los caudillos dominantes y la adecuación a un capitalismo que toca la puerta con fuerza, América Latina ve cómo la izquierda se tambalea abrazada a su terquedad, llorando la despedida de sus gobiernos.
@angelarellano

Ángel Arellano

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