Tamara Adrián es, sin ninguna duda, la cara más visible de lo que significa ser una persona transgénero en una sociedad que no termina de aceptar que todos los seres humanos tenemos derecho a elegir la preferencia sexual que nuestras más íntimas pulsiones nos dicten. Ella pudo someterse a una operación de reasignación de sexo y hasta abrirse paso ya no como profesor sino como profesora en el medio académico en el que se formó y en el que llegó a enseñar.

No obstante, el destino de la mayoría de las personas transgénero, en un país como Venezuela, está en la calle, en la prostitución, en el rechazo familiar y social, en una violencia explícita ejercida contra aquellos que son diferentes. E incomprendidos.

Por eso, el hecho de que la cineasta Elia Schneider haya decidido llevar al cine la historia de Tamara Adrián no solo es una mera elección artística, sino también una decisión valiente al hacer público un tema tabú en una sociedad machista que toma a mofa, ligera y prejuiciosamente, el drama de aquellos que no calzan en la identidad de género aceptada como una tradición.

Si bien, la película Tamara no escudriña en la infancia de quien la inspira, parte de una etapa mucho más compleja por sus implicaciones personales y sociales. El filme se centra en el momento en que Tomás, un hombre casado, padre de familia, abogado de profesión y docente universitario, comienza a sentir como insoportables las incongruencias de su condición física y de las inocultables expresiones de su sexualidad.

El guion, escrito a cuatro manos por el uruguayo Fernando Butazzoni y la propia Schneider, no deja por fuera detalles del proceso seguido por Tomás en su camino para convertirse en Tamara: las sesiones con la psicóloga; el incondicional apoyo de su madre enferma y el silencio de su padre; el progresivo desmoronamiento de su matrimonio; la inquietante disyuntiva entre el ser y el sentir; la difícil coexistencia con un cuerpo que comienza a dejar de reconocerse; la búsqueda de respuestas con personas transgénero que se “buscan” la vida en las calles; la operación en Tailandia; la irreprimible expresión de los deseos; el miedo a perder la aceptación social; la discriminación por parte de estudiantes y colegas universitarios, y finalmente, la defensa del derecho a contar con una identidad legal, ya no como Tomás, sino como Tamara…

Elia Schneider realiza una puesta en escena serena, lo suficientemente distanciada como para no caer en dramatismos insustanciales. El foco de su atención está en la interioridad de su protagonista, a quien coloca en no pocas ocasiones ante el espejo; valga decir, ante el auto-reconocimiento, la aceptación propia. Y para ello cuenta con un actor valiente como Luis Fernández, quien sabe dosificar los matices de la suplantación de Tomás por Tamara. La honestidad de su actuación se traduce en un inmenso respeto por la persona que está encarnando. Un respeto, eso sí, alejado por completo de la condescendencia, de cualquier atisbo de complacencia, lo que hace de Tamara un filme descarnado, pero sin estridencias ni exotismos morbosos.

Si algo queda demostrado con Tamara, es que Elia Schneider es una brillante directora de actores, pues más allá de la corporeidad con la que se deben expresarse sus intérpretes, les permite manifestar el proceso interior por el que transitan los personajes. Vemos una evolución en el tratamiento que la psicóloga (Julie Restifo) da a un extraviado Tomás; apreciamos también, el amor incondicional que Ana (Prakriti Maduro) demuestra por Tomás; la fortaleza y claridad de Elena (Mimí Lazo), la madre del protagonista; la equivocada intolerancia de la profesora Avelino (Carlota Sosa), y el culposo silencio expresado al final por Aurelio, el padre de Tamara.

Siempre se agradece que el cine venezolano se atreva con temas pocas veces abordados en las películas locales. Pero en el caso de Tamara se reconoce mucho más la mirada humanista que Schneider dispensa a una problemática normalmente malentendida o, mucho más, incomprendida.

Nada mejor que la imagen con la que finaliza Tamara: la protagonista camina con paso seguro entre una multitud de personas (la mayoría de ellas, jóvenes, estudiantes); se pierde entre ellos como cualquier mujer u hombre a quien nadie mira como una rara avis.

Juan Antonio González