En un país en que la política era sinónimo de corrupción, introdujo la ética a través del ejemplo y la palabra. Como le gustaba decir: “Es mejor que nuestras vidas hablen de nosotros a que lo hagan las palabras…”


Gandhi fue un hombre de una austeridad inflexible y de una absoluta modestia que se quejaba del título de Mahatma (Alma Grande) que le había dado el poeta Rabindranath Tagore. Se alimentaba de frutas y leche de cabra y vestía con una especie de túnica de tela burda.

Aconsejaba la necesidad de “vivir más sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir”. Llamaba a su doctrina de la no violencia ahimsa, que en sánscrito quiere decir, “sin daño”, y estaba convencido de que “la humanidad solo podrá liberarse de la violencia por medio de la no-violencia. La no-violencia y la cobardía son términos contrarios. La no-violencia es la mayor virtud, la cobardía es el mayor vicio. La no-violencia siempre sufre, la cobardía provoca sufrimiento. La no-violencia perfecta es la mayor valentía”. Varias veces fue apaleado, encarcelado y emprendió severas huelgas de hambre. Pero, por medio de la no-violencia activa, logró importantes victorias políticas y sociales y hasta derrotó al poderosísimo imperio inglés que no tuvo más remedio que conceder la independencia a su país, la India.

Pobreza absoluta

Durante toda su vida vivió en una pobreza absoluta, sin dejarse seducir por el poder o por el aplauso y la admiración de las multitudes. En un país en que la política era sinónimo de corrupción, introdujo la ética a través del ejemplo y la palabra. Como le gustaba decir: “es mejor que nuestras vidas hablen de nosotros a que lo hagan las palabras… Me esforzaré en amar, en decir la verdad, en ser honesto y puro, en no poseer nada que no me sea necesario, en ganarme el sueldo con trabajo, en no tener nunca miedo, en respetar las creencias de los demás, en buscar siempre lo mejor para todos, en ser un hermano para todos”.

En 1947 se logró por fin la independencia de la India, que se dividió en dos pedazos: India y Pakistán, que se reservó para los habitantes de  religión musulmana. Aunque Gandhi no estaba de acuerdo con la división, terminó aceptándola por creer que era el único medio para lograr la paz y acabar con las disputas y guerras religiosas. Los conflictos, sin embargo, continuaron. El resto de su vida lo dedicó Gandhi a trabajar por la paz entre los hindúes y los musulmanes. Durante los fuertes disturbios que sufrió la ciudad de Calcuta, Gandhi realizó un largo ayuno hasta lograr que la violencia cesara. En enero de 1948, inició otra huelga de hambre en Nueva Delhi para promover la paz. El 30 de enero, poco después de finalizar este ayuno, mientras se dirigía a su acostumbrado rezo de la tarde, Gandhi fue asesinado por un extremista hindú, que se oponía a las reformas que defendían a la minoría musulmana. Cuentan que Gandhi murió con la palabra Rama, Dios, en sus labios.
País crispado

En un país que sigue crispado por los problemas, la intransigencia y la violación continua de la Constitución, debemos seguir el ejemplo de este hombre de cuerpo menudo pero de una grandeza humana y espiritual gigantesca. Pero, para ello, se necesita mucho valor para resistir sin desmayar, para estar dispuestos a jugárnosla de verdad,  hasta derrotar a los violentos con las armas de la legalidad y la no-violencia activa. Gandhi sabía bien que “la fuerza no proviene de la capacidad física ni de las armas, sino de la voluntad indomable”.

Antonio Pérez Esclarín