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Sea como sea, hay que tener guáramo, bolas u ovarios para decidir quedarse en Venezuela por lo que significa enfrentar la cotidianidad, lo normalito: comer, trabajar, estudiar, hacer gestiones, crear, divertirse

Si el clima mental de los que decidimos quedarnos por mutuo propio es de desasosiego, cómo será el de quienes no pueden irse porque no pueden
Guáramo suena como guaracha o guaguancó, algo sabrosón, pero su significado es muy distinto: valor (de valentía), arrojo, fortaleza, y por lo que en Venezuela denota: “echarle bolas (u ovarios)”, ser “arrecho”. Guáramo tienen los que deciden quedarse en Venezuela estando las cosas como están.

El grupo de los que “deciden quedarse” es diferente al que tiene imposibilidades para irse. Son quienes no se plantean el dilema casi colectivo: irse o quedarse, ya sea por convicción de que aunque el país no sea el “mar de la felicidad” prometida hay aguas peores y también, quienes quieren cambiar el curso del nado y lo hacen en estas aguas, no en las lejanas, ni en las redes virtuales.

Junto a quienes se quedan por razones ideológicas o intereses personales están los que se apoyan en motivos afectivos: “esta es mi tierra, mi sol, mi gente y de aquí no me voy.

Venezuela, aún como está, es un gran país”. En esa emocionalidad aparece la esperanza o el convencimiento, de que “esto va a mejorar”. Y vaya usted a saber por cuántos motivos más deciden quedarse.

Sea como sea, hay que tener guáramo, bolas u ovarios para decidir quedarse en Venezuela por lo que significa enfrentar la cotidianidad, lo normalito: comer, trabajar, estudiar, hacer gestiones, crear, divertirse.

Es levantarse sabiendo que te esperan largas filas o colas, perder tiempo –o sea vida- en cualquier acción que acometas. Penurias. Comenzando con la precariedad del suministro de agua potable, sigue la tortura, particularmente a los más pobres, de tomar un transporte público. Si es tren, metro o camionetica, los empujones, pisadas, mentadas de madre, son, sin duda, una mala manera de comenzar el día y, para colmo, se repetirá al regreso y mañana y los días siguientes.

La cotidianidad es trabajo (quienes tienen) y búsqueda de comida o lo que se necesite. Soportar el golpe de los precios. La escena del pobre que se acerca al mostrador de la panadería con la vista fija en el pan como si fuera una aparición divina, pregunta el precio y da media vuelta con las manos vacías, es demoledora. Más, si uno se imagina que en su casa, muy probablemente, le esperan muchos con ese pan. Por más que las divinidades sea inaccesibles, provocan.

Si las vueltas son por conseguir medicamentos, cualquiera puede morir en el intento.
Como si fuera poco, ahora han impuesto un “corralito”: solo permiten retirar una insignificante cantidad del dinero que tengas en el banco y obtener efectivo es tan difícil como comida o medicinas.

Si se trata de hacer gestiones en una entidad pública o privada, la ineficiencia prevalece a pesar de la abnegación de algunos empleados. No es fácil asumir, de buena gana, las labores de los compañeros que se fueron por decisión propia o de la gerencia. Tampoco trabajar con hambre, en espacios sin confort, en jornadas agotadoras, siempre mal remunerados.

Como si fuera poco, cotidiano es el temor a la delincuencia común y poco tiempo, poca disposición, para la creación, el disfrute; aunque algunos, heroicamente, lo logren.

Por estas pasan casi por igual, con excepciones de minorías, claro, el pueblo chavista, los ganados para el proceso, los opositores que votan y los de la resistencia radical.

Si el clima mental de los que decidimos quedarnos por mutuo propio es de desasosiego, cómo será el de quienes no pueden irse porque no pueden.

Redacción El Norte
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