La irrupción de la violencia terrorista es algo nunca visto en la historia política de nuestro país. Sí, mi estimado lector: nunca antes. Revísese el proceso histórico republicano iniciado en 1810 y se encontrará con que, ni en los momentos más álgidos se produjo una lucha fratricida del carácter que ha alcanzado al presente.

Situación esta que se produce porque el sector radical de la oposición asume la política no como el encuentro de ideas, sino como un acto a través del cual pueda hacerse del poder para el disfrute particular.

Odio y venganza, son las leyes que guían la conducta antipolítica de ese sector. Es la visión más avanzada del neoliberalismo. Su pretensión primigenia es la de alcanzar la homogeneización sociocultural del pueblo.

Para ello, recurren a prácticas excluyentes y terroristas. Nunca antes se había atacado al “otro” como su enemigo. No es por tanto una lucha de contrarios, sino una lucha entre enemigos.

Los principios de la democracia son tirados al cesto. Para ellos no tiene sentido, perdieron su vigencia. Proclaman, sin el menor escrúpulo, que lo importante es hacerse del poder, sin saber siquiera para qué.

Visión esta con la cual se generó una falsa conducta en algunos sectores de la sociedad. Se bloqueó el surgimiento de una visión multicultural y, por ende, se pretende cercenar el establecimiento de una democracia plural. Por ello, la democracia participativa les incomoda.

La democracia es –en tal sentido, para ellos– solo un sistema político, en el cual la igualdad humana y la identidad no existen. Dicen ser demócratas, pero hacen de la intolerancia su práctica diaria.

La violencia terrorista, emprendida por el oposicionismo en Venezuela, solo ha dejado, como es lógico, muerte, desolación, odio desenfrenado y el rechazo unánime del pueblo trabajador de nuestro país.
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