Mi querida madre, me preguntó: ¿será posible que podamos reencontrarnos en el cielo con nuestros seres queridos? Creo que todos, alguna vez, nos hemos hecho esa pregunta. Hay un innato temor y una insaciable curiosidad respecto a lo que hay más allá de la tumba. En la Biblia encontramos pasajes que descorren un poco la cortina para mostrarnos lo que nos espera después de esta vida. La esperanza del cristiano es que irá al cielo para estar eternamente con su Señor (1Tesalonicenses 4: 17).
El cielo es nuestro hogar permanente; Cristo mismo fue a preparar lugar para nosotros (Juan 14:2). Allí no hay pecado, angustias, problemas, enfermedades, dolor, sufrimiento ni muerte.
En ese hermoso lugar, que Jesús llamó “paraíso”, contemplaremos el rostro de nuestro amado Salvador (Apocalipsis 22:4) y nos uniremos al coro de ángeles que día y noche cantan coros de alabanzas para exaltar su nombre: «Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era y que es y que ha de venir» (Apocalipsis 4:8).
Pensar en esto me causa gran emoción. Por primera vez los ojos de Cristo harán contacto con los míos y con los tuyos. Él llamará a cada persona por su nombre, no seremos uno más entre la multitud, pues Jesús nos conoce íntimamente y nosotros, al fin, habremos de conocerlo a Él sin secretos ni enigmas. “Porque ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido” (1 Corintios 13: 12 LBLA).
Esta es la razón por la cual el cristiano vive en gozo permanente. Dentro de nosotros yace la certeza de que “los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada” (Romanos 8:18 LBLA).
Algunas personas sienten temor a morir, especialmente porque no saben lo que les espera.
Cuando me llaman para ministrar a los enfermos y a los moribundos, me doy cuenta que su mayor temor es separarse de sus seres queridos.
En ese momento, les pido que se arrepientan de sus pecados y se vuelvan a Cristo. Jesús afirmó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). ¡Cristo es la puerta al cielo!
Todos los que confiesan su nombre y lo reconocen en su corazón como Señor y Salvador entrarán en sus moradas eternas.
Le dije a mi madre, alégrate, porque sí nos reencontraremos en el cielo para adorar juntas al Rey de reyes y Señor de señores; al que vive y reina por siempre.
¡¡¡Aleluya!!!