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Ante el papel en blanco surgió una duda: quería escribir sobre el crecimiento de la pobreza en Venezuela, arrojar algunas cifras expuestas por instituciones reconocidas por el gobierno de Maduro y poner en perspectiva estos números para establecer comparaciones con respecto a la Venezuela de hace tiempo atrás, la de antes de ayer y la de ayer. También para comparar con los socios de la Revolución, subrayando que dentro del vecindario dejamos de ser la oveja negra para convertirnos en la manzana podrida. En fin, de eso no escribiré. Tal vez después.
Como ser humano, no podía dejar de transformar los dramáticos números de la aceleración brutal de la pobreza en testimonios vivos que retumban en mi cabeza. Me interrogué y encontré una respuesta parcial: sobre cifras escribe todo el mundo, la gente está asfixiada de estadísticas; sobre la historia menuda de ese país que muere de mengua escriben pocos, o por lo menos no la mayoría. Quise unir algunos párrafos sobre lo que he visto, lo que he oído, lo que he leído y lo que he sentido.
He visto innumerables veces las imágenes con las que Meridith Kohut, fotógrafa de The New York Times, ha retratado la miseria venezolana llevándola a las páginas del diario más influyente del planeta. Ella, al igual que cientos de fotógrafos de mi país, ha mostrado cómo Venezuela se hunde en la mierda. Gente en los huesos, desnutrida, sin color ni alegría en sus gestos. Gente desahuciada, orando para que la muerte no los arranque de este mundo. Gente en la suciedad de los hospitales, las escuelas, las casas, los campamentos improvisados, sufriendo el colapso de los servicios públicos. Un país que grita “auxilio” mientras los mineros ilegales explotan la selva virgen del Amazonas y del Estado Bolívar. Un país que llora el permanente baño de sangre, recogiendo a sus muertos en la calle luego de un robo o de una bala perdida.
He oído a mis familiares contar el relato del robo que hicieron en casa hace un par de meses. Amarraron a mi mamá y a mi padrastro mientras les preguntaban por un dinero que no existía porque nunca dejamos de ser gente humilde. Por suerte el asunto no llegó a mayores, pero a miles los matan en la misma operación. El hampa impuso sus reglas en el país sin ley: plata o plomo. He oído también a mis amigos, jóvenes de 23 a 28 años: flacos, sin trabajo o dedicados al bachaqueo, tratando de sobrevivir, con el título universitario colgado en la pared, esperando cualquier chispa de buena suerte para salir del país por aire, por tierra o remando hasta Trinidad. He escuchado programas de radio con noticias que sacan lágrimas. El gobierno recuerda a diario que siempre podemos estar peor.
He leído innumerables comunicados, artículos, crónicas, entrevistas. Venezuela es objeto de estudio, un bicho raro en un frasco del laboratorio de experiencias sociales llamado América Latina. Nadie entiende cómo un país tan rico es tan pobre, solo los venezolanos. Todos los vecinos gozan de buena salud mientras el cáncer hace metástasis en nuestro país. La Revolución se robó todo lo que no derrochó, y cuando se acabó la plata, se endeudó para robar y derrochar otra vez. Si tenemos suerte y salimos de Nicolás Maduro en 2016 (tan hipotético como suena), en el mejor de los casos pasaremos poco más de 25 años pagando la deuda contraída por el chavismo y revirtiendo la entrega de yacimientos minerales a trasnacionales alineadas con el régimen (dentro de las que están muchas gringas, imperialistas y neoliberales, ¡sí!).
He sentido frustración, impotencia, dolor, miedo, odio. La nación no merece semejante castigo. He sentido optimismo, fe, esperanza. La mayoría coincide en que el sistema actual debe ser extirpado y eso representa una gran oportunidad para liquidar el chavismo como práctica política oficial.

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