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La mayoría de las personas, generalmente creemos en Dios, cuando las cosas que hacemos nos salen bien, nos fijamos metas y las cumplimos, cuando todo lo que emprendemos llega a su término y nos proporciona una profunda satisfacción. En esos momentos nuestra vida irradia una gran felicidad, y sentimos que nuestra confianza en Dios se incrementa, haciéndonos sentir que tenemos mucha fe en él.

El detalle importante está en mantener ese mismo nivel de fe y de confianza, cuando las cosas no salen tan bien como las hemos planeado.

La fe no es algo que nos ponemos o quitamos según la circunstancia que estemos viviendo, no es una fantasía que nos lleva a imaginar situaciones agradables, no es un estado anímico, sino que la fe es un don de Dios y que gratuitamente nos regala a todos.

Cuando sentimos que tenemos fe en Dios, esa confianza despierta en nosotros un profundo y sincero deseo de conocerle, conduciéndonos a estar en constante preparación para posteriormente servirle, realizando esta preparación con responsabilidad, porque nos ayuda a descubrir que sólo a través del servicio materializamos nuestra fe en Dios. ¿Dónde radica el peligro de nuestra fe? el peligro radica en que comencemos a creernos mejores que los demás en la medida que conocemos un poco de Dios, y esta actitud nos puede llevar a convertirnos en unos arrogantes intelectuales religiosos.

Conocer cada día de Dios, tiene que ser nuestro principal objetivo, pero no para echarle en cara a los demás sino para vivirlo en nuestra cotidianidad. Es aprender de su manera de ser para imitarlo, y demostrarnos que es posible vivir de una manera distinta a pesar de todas las propuestas apetitosas que podamos encontrar en el medio en el que nos desenvolvemos. Conocer del estilo de vida que Dios nos muestra, es ser decidido y estar dispuesto a ir en contra corriente, colocando por encima de cualquier cosa nuestros ideales, proyectos, sueños, y buscando en todo momento superar las dificultades que se nos presenten para acercarnos día a día a la realización de nuestra gran meta que es consolidar nuestra felicidad. Quizás esta era la actitud de la humilde mujer que le suplicaba a Jesús que la ayudara a liberar a su hija de un demonio, pero Jesús seguía su camino sin prestarle atención, hasta que se dio el encuentro cara a cara. del evangelio de san Mateo 15, 25 – 28: ella lo alcanzó y se postró ante él, y le pidió: “señor, socórreme.”

Él le contestó: “no está bien echar a los perros el pan de los hijos.” pero ella repuso: “tienes razón señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.” Jesús respondió: “mujer qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas.” es necesario vivir cada día consciente de nuestra realidad, teniendo siempre presente que solo las cosas que valen la pena son las que nos exigen sacrificio y dedicación.

Roco J. Mendoza

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Redacción El Norte
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