Anoche, no tan lejos de la medianoche, comía un pepito con todo. Desbordante de toda clase de ingredientes que tapan arterias y desatan las tallas.
Antes no lo habría hecho. Antes, en un tiempo en el que me tocó sacrificar muchos hábitos alimenticios para quitarme todos los kilos que ahora solo reposan en los álbumes familiares. En los portarretratos de mami está mi cara regordeta con veintiún años y 105 kilos.
Supuso un cúmulo de emociones, anécdotas personales y otros despertares dejar de comer basura. Comprender que mi peso era mi dieta con cada bocado pleno de azúcar y harina, así como también los momentos de la ingesta. Por mucho tiempo cenaba lo que almorzaba, por años también reprimí cosas que hoy me hacen feliz.
Sin báscula
Desde que tengo el control intuyo cuánto y qué me hará perder ropa. Ya no me peso, lo hago todo al ojo por ciento. La ansiedad por pesarme y probarme ropa también fue parte de lo desechable.
Entonces cuando me preguntaban durante los primeros años de mi bajón de kilos, pongamos 2006-2008, les hablaba de mi proceso. Luego preferí resumirlo en una línea: “paré el pico”.
Parar el pico
Antes de anoche fui partícipe de un reencuentro con gente que vive en la misma ciudad pero que la vorágine impide mantener en contacto permanente. Me puse a observar sus primeras conversaciones, ninguna omitía las nuevas tallas de ropa. Pero no todas contestaban lo mismo. Desde luego había un prurito en atreverse a decir: “paré el pico”, porque este “paré el pico” no es por voluntad propia.
Por respeto ya dejé de mencionar la delgadez ajena, porque como dijo Juan Gabriel, lo que se ve, no se pregunta.
He escuchado los pretextos más originales y los menos creíbles. “Dejé los caramelos”, “estoy tan full de trabajo que no tengo tiempo para comer”.
En el mismo marco, mesoneros pasaban con pasapalos y sus bandejas se vaciaban en segundos. Recordé entonces una entrevista que tuve con la bailarina Belén Lobo.
–Viajamos mucho a Cuba, hasta que nos desencantamos de todo eso.
–¿Cuándo dejó de ir?
–Cuando empecé a ver a amigas en cocteles metiéndose los pasapalos dentro de sus carteras.
Pedir limosna
Anoche, no tan lejos de la media noche, comía un pepito con todo. Un niño de la calle se me acercó y balbuceaba su forma de pedir limosna. No se le entendía. La miseria me iba quitando el apetito. El niño insistía y yo no borraba de mi cabeza la posibilidad de que a pocas cuadras un adulto esperaba la recompensa del niño-anzuelo hecho de miseria.
Me alejé de mis amigos. Ellos, menos conflictuados que yo, accedieron a comprarle un perro con todo.
El Universal