Antes de convertirme en escritor debí formarme como lector, esto implicó el que leyera todo, absolutamente todo lo que caía en mis manos (sé que están pensando que exagero, pero desistirán si les digo que iba por la calle leyendo hasta los periódicos que forraban las vitrinas de los almacenes. No quería perderme de nada).
Por mis manos pasaron decenas, centenares de libros que en principio no discriminaba, hasta haber alcanzado (sonará pretencioso) una cultura libresca aceptable para mi edad (veintitantos). Esos libros, hoy amarillos por el paso del tiempo, los conservo en mi biblioteca como signos de mi desmesura, de mi desesperación lectora, de ese querer llenar a punta de lecturas vespertinas, y sobre todo noctámbulas, los vacíos intelectuales y literarios que tenía al estar formado en una disciplina del área de la salud.
Por mis afanosas manos pasaron los grandes clásicos universales, pero también las obras de autores de menor prestigio y cuidado, todo lo cual me abrió un interesante espectro similar (supongo) al del gourmet, que se pasea en su camino de “hechura” artística por los mejores platos y también por la comida chatarra (que dicho sea de paso me encanta, jeje).
Pronto entró a mi cuerpo el “gusano” (si es que ya no lo estaba) de querer ser escritor. No sé explicarlo muy bien, pero es un afán de verter, en el mejor sentido del vocablo, todo lo que se lleva dentro; deshacerse de eso que nos aprisiona, nos habita hasta el desvarío. Por cierto, desde siempre había leído de los demonios del escritor, sobre todo lo leía impávido en las plumas de Vargas Llosa, Sabato y Faulkner. Otros, como Rosa Montero, hacen referencia a los daimon, que en la mitología griega equivalen a nuestros “genios” o a aquellos seres que transmiten lo divino a los mortales.
Por supuesto, yo pensaba que todo esto no era más sino mero esnobismo; en todo caso: el ardiente deseo de pertenecer a esa élite privilegiada de los artistas de la palabra, o al mero afán de figuración.
Recuerdo haber comprado una máquina de escribir portátil de raza indeterminada, y me puse a vaciar en resmas enteras de papel decenas de cuentos y una hipotética novela que no cuajó jamás. Poco tiempo después me senté a escribir el que fuera mi primer libro publicado (Espacio sin límite, 1995), y puedo dar fe de esos daimon que me susurraban al oído los parlamentos de aquel texto, que escribí en una especie de arrebato creador; poseído por un “algo” que me impelía a escribir todo lo que finalmente quedó. Recuerdo que una noche, encerrado en mi biblioteca escribiendo, mi esposa escuchó carcajadas desde afuera y un tanto preocupada entró al estudio y con ojos y voz inquisidores me preguntó: ¿con quién te reías? Y le respondí con desparpajo: “con Ramiro Valbuena y sus vainas” (se trataba del personaje principal del libro, que con un espíritu quijotesco se dio a la aventura de reinventar su vida).
Tomado de eluniversal.com