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[dropcap]P[/dropcap]or una ironía del destino, es precisamente en el momento en que la aceleración del cambio derriba los criterios de la “buena gestión” cuando parecen invertirse las posiciones tradicionales y el socialismo (pos-Chávez) parece, una vez más, hallarse mal situado para gobernar.

No obstante, el socialismo posee inmensas reservas de progreso que la burguesía no tiene ni puede tener. Indudablemente, la burguesía ha puesto al día sus conocimientos técnicos.

Pero no han aceptado todas las consecuencias de la expansión. No han aprovechado ésta para atacar las raíces del subdesarrollo del pueblo venezolano.

Si al final del gobierno puntofijista “excepcionalmente autoritario y continuo” pasamos revista, por ejemplo, a las principales instituciones del Gobierno actual, advertimos que sus rasgos esenciales apenas han variado. Los arcaicos cimientos de la burocracia, de la enseñanza, del crédito, del sistema fiscal, de la organización judicial, etcétera, siguen prácticamente intactos.

“Brillantes” operaciones a corto plazo -devaluación e inflación- destacan sobre un fondo de imprevisión. Crisis fáciles de prever, como la de la alimentación, la corrupción, la delincuencia, la seguridad social o la de las actividades de la producción en decadencia, se estuvieron fraguando durante los dos últimos años, sin que nuestros “dirigentes socialistas” se preocuparan ni tuvieran noticia de ello.

Pero la refundición de estructuras que crecieron y envejecieron en paz y seguridad, trastornaría las situaciones personales y los hábitos profesionales de nuestros “amados dirigentes”, lo que parece ser superior a las fuerzas de los responsables del sector alimentario y económico.

El Estado tiene que tomar la iniciativa. Si, por ejemplo, conviene hacer algo para agrupar las fuerzas de los medios de producción, el Gobierno debe hacerlo. A pesar de la rivalidad existente entre ellos, los jefes de empresa no pueden negar nada a un Estado que es su principal cliente y que, al mismo tiempo, “tiene el poder de los dólares” en sus manos. Pero nuestros “ineptos ministros” (burguesitos ellos) se abstendrán.

Sería contrario al “dividendo” y a la tradición que el Estado se “mezcle” hasta tal punto en los “negocios privados”. Es cierto que la disparidad de rentas se agrava, que la producción se paraliza, que los débiles están mal protegidos.

Es cierto que las instituciones venezolanas no dejan sitio, o no dan oportunidades, a los que se encuentran en el último peldaño de la escala social. ¿Se resignarán los asalariados a que sus aumentos de salario entren en el cuadro de una planificación “en valor” cuando la especulación y la inflación del año fueron del 140%? ¿Qué derechos, qué poderes habrá que reconocerles, y qué objetivos habrá que fijar al crecimiento, para que participen en el juego y se sumen al bando de la productividad?.

Tales son los términos de una dialéctica que haría progresar conjuntamente la eficacia económica y la justicia social. Tales son los elementos de una vasta “negociación” que debería tratar de conseguir un Gobierno “realmente socialista” y fiel a su vocación.

El mundo del trabajo, en su conjunto, se beneficia de las mutaciones, que, no sólo procuran aumentos de productividad, sino que acrecientan el número de los empleos calificados.

La transformación de las estructuras industriales coincide globalmente con un ascenso colectivo hacia oficios más interesantes y mejor pagados. La incapacidad de la clase dirigente de correr grandes riesgos obliga a hipotecar el porvenir.

¡Chávez vive, la lucha sigue!
¡Independencia y Patria Socialista!
¡Viviremos y Venceremos!

Aporrea.org

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