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En su obra El Laberinto de los Tres Minotauros, el intelectual venezolano José Manuel Briceño Guerrero plantea como en una tragedia griega, inevitable e insoluble por definición, que la realidad venezolana se debate entre tres discursos políticos de fondo, que son como tres minotauros tratando desesperadamente de salir de un laberinto que no tiene salida: ¿cómo entrar en la modernidad, en la sociedad occidental, aun conservando nuestra identidad venezolana?

El dilema comienza por equilibrar tres fuerzas que se oponen. La primera está marcada por el discurso europeo segundo (la razón), que nos lleva como pueblo a la racionalidad, a querer pertenecer al primer mundo. La segunda fuerza que se le opone es el discurso salvaje de nuestras sociedades originarias, de nuestros indígenas que nos muestran las bondades de la vida en armonía con la naturaleza. Termina la tensión, según Briceño Guerrero, con el discurso mantuano de nuestros antecesores criollos, que aún siendo una bisagra integradora entre los dos discursos, lleva a conductas individualistas.

En Latinoamérica desde la conquista el discurso político europeo segundo, que es el primer minotauro, se impuso ante el segundo minotauro que es el discurso salvaje, el del gentilicio autóctono. El arcabuz pudo más que las flechas, las armaduras más que los guayucos, las velas más que los remos, los techos de tejas más que los de palma, y el caballo mucho más que los pies desnudos. A partir de esos mitos fundacionales, que nos sirven para explicar de dónde venimos, hay que repasar qué está pasando con la modernidad en Venezuela de hoy.

Una de las respuestas a esta interrogante pareciera estar en las investigaciones que ha hecho el padre José Alejandro Moreno sobre las clases populares en Venezuela. Él encuentra valores arraigados en el mundo de vida del venezolano popular, como el “matricentrado”, que hace girar las bases de la vida emocional del individuo alrededor de la figura de la madre como el mejor referente afectivo. La gran pregunta se plantea de la siguiente manera: ¿está dispuesto el venezolano a entrar en el mundo del progreso, pagando el precio de abandonar valores tan profundos como el matricentrado, o la amistad? El padre Moreno nos presenta al Hommos convivalis como un prototipo de ese venezolano actual, que parece abrazar la modernidad, le gusta jugar con un celular inteligente y llevar una gorra como las que utiliza Justin Bieber, pero no está dispuesto a dejar a su “viejita” abandonada en el rancho, ni a romper sus lazos afectivos con sus convives de la infancia. Parece que desea lo mejor de dos mundos: los beneficios que trae consigo la modernidad, y el afecto que alimenta su alma, ese que le suministran su mamá y sus convives.

El Hommos convivalis no es racista, su único filtro es la convivialidad. Si le cae simpático alguien, lo adopta. A ese Hommos convivalis moderno hay que brindarle un discurso político híbrido para satisfacer sus expectativas. No debe utilizarse únicamente el discurso del minotauro salvaje con marcado resentimiento y complejo de inferioridad, porque el convivalis no es acomplejado, sino debe presentarsele un discurso político mixto que agrupe a los tres minotauros, y le permita identificarse con algún proyecto político.

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