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En Pekín, donde en otro tiempo fue tan feliz, Rafael Nadal prosigue con este 2017 estupendo, campeón también en un territorio que se le ha resistido en estos últimos cursos. Asia, y este trimestre que sirve para echar el cierre a una temporada asfixiante, tiende a ser una piedra en el zapato de Nadal, pero, por si había dudas, queda patente que el balear sigue como un tiro, ampliada la distancia sobre Roger Federer en la batalla por el número uno y sumando medallas en la solapa. Tras vencer a un efervescente Nick Kyrgios por 6-2 y 6-1 en poco más de una hora y media, el español acumula seis trofeos (antes, Montecarlo, Barcelona, Madrid, Roland Garros y US Open) y escribe otra preciosa página en Pekín, su querido Pekín. Ganó en la capital china en 2005, se eternizó con el oro de 2008 y en 2013 recuperó el liderato de la ATP en otro regreso celestial. Y ahora, por si era poco, esto.

Fue un triunfo cien por cien Nadal, remando como nadie, exprimiéndose como nadie, aguantando las embestidas como nadie. Es muy difícil intuir qué Kyrgios puede tocarte cuando lo tienes al otro lado de la pista, una raqueta imprevisible que a veces pierde el sentido y se dedica a hacer el ganso sin valorar lo que realmente está en juego, pero esta vez quiso batallar en el prólogo y ya en el primer juego puso en apuros al mallorquín, obligado a salvar una pelota de break ante el ímpetu del australiano. Y en el juego posterior, Kyrgios se puso a faenar para mantener su saque, hasta cinco veces contra las cuerdas, confirmando que no era una de esas tardes de siestecillas en las que se deja llevar. Hasta que él solito se rindió, un caso inexplicable y de diván.

Rafael Nadal
Rafael Nadal. Cortesía

Cuando está en plan serio y centrado, cuando está en lo que toca, Kyrgios es un tenista como la copa de un pino, atrevido y diferente. Le pega con una dureza que asusta y encima encuentra recursos sin que le tiemble la muñeca, puro espectáculo. Su problema, como el de tantos otros, es que enfrente tenía a Nadal en esencia pura, y eso desespera a cualquiera. Su presentación tuvo un nivel altísimo, pero en el desenlace perdió todo su valor.

Se desniveló la balanza a partir del sexto juego, cuando Nadal hizo break y consolidó inmediatamente después. A Kyrgios, que para entonces ya ladeaba la cabeza y se enzarzaba con el juez de silla, le cambió el rostro y entendió que su destino estaba escrito, pues vio que era imposible aguantar el pulso si seguía por esos derroteros. Nadal estaba disparado, mal negocio.

Quedó vista para sentencia la final cuando el número uno del mundo rompió al irreverente Kyrgios nada más empezar el segundo parcial, sólido e impecable hasta escaparse al 5-0 con nueve juegos consecutivos. El australiano ya se había consumido por dentro, mil resoplidos y aspavientos, enfadado con la raqueta porque no era capaz de imponer sus armas ante la resistencia de Nadal. Nada que hacer, efectivamente no había nada que hacer.

Nadal escribió sin tachones una victoria soberbia, sexto título de 2017 y 75 de una carrera que agota los adjetivos. Esta alegría llegó desde Pekín, tan simbólica la ciudad, tan especial el lugar. La reconquista del mejor tenista del mundo es completa, y ahora va a por Shanghái.

ABC

 

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Agence France-Presse

Con información de la agencia de noticias AFP

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