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Vivimos en una sociedad donde todo cuesta. Cualquier bien o servicio tiene un precio.

Cualquier objeto o artefacto tiene un precio. Normalmente la oferta y la demanda determinan la cuantía de cuánto hay que pagar. Otras veces la especulación o el afán desmedido de lucro son las claves que fijan cuánto cuesta aquello que se quiere vender o comprar.

Desde hace un tiempo la misma publicidad y las tendencias que buscan orientar a los consumidores, vienen reconociendo que existen cosas que no tienen precio. Dentro de las múltiples posibilidades de relación o comercialización, existen algunas a las que no es posible determinarle un valor de mercado. Este reconocimiento puede ser considerado como algo positivo, teniendo en cuenta que desde siempre han existido objetos y acciones calificadas como invalorables.

El arte

La semana pasada tuve la experiencia de asistir a una subasta de obras de arte.

Siempre he tenido curiosidad por el arte, especialmente por la plástica. Sin embargo, nunca he encontrado el tiempo y la dedicación para conocer en profundidad las tendencias, estilos o movimientos que determinan la producción artística de pinturas o esculturas. En la referida subasta pude apreciar verdaderas obras de arte de artistas nacionales. Muchos de ellos conocidos, otros tantos emergentes.

La subasta representó para mí un descubrimiento: es posible dar un precio a aquello que en sí mismo no lo tiene. El trabajo, la creatividad y la inspiración o hasta la misma contemplación son impagables. Pero justamente en la subasta se ponía precio a obras de arte que sintetizaban todo el proceso de creación artística.

José Antonio Gámez

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