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¿Quién dormita? Lo que hacemos. Así fue el apodo con que conocí a mi admirada y límpida vida. Estaba al cuidado de una hacienda de un hombre muy rico, al que mi papá sirvió por muchos años antes de su muerte. Y para mí dejo como herencia y para sus demás hijos todas sus posesiones, tales como sus entradas a la cárcel y un conjunto de deudas, que hasta ahora seguimos pagando luego de que se ha cumplido un año de su muerte.

Crecimos bajo el yugo de su brazo, cosa que sucedió seguidamente cuando hemos sido esclavizados por nuestros antecesores, tomamos las conductas diferentes. Muchas veces estando mis hermanos y yo, muy chicos. Nos avergonzaron las veces que a nuestra casa que era un pequeño rancho, que no quedaba muy lejos del pueblo. Pero era causa común de que casi siempre nos estaban tumbando la puerta, entes de que asomara el día, algún cobrador o vengador de deudas. Los hijos de mi padre que fuimos cinco, dos se marcharon al cumplir su mayoría de edad y tres, que quedamos aguantando los aguaceros de sus fechorías. Mi madre siempre estuvo en casa haciendo los quehaceres del hogar y aunque no eran muchos, pues en una casa donde ronda la vagancia, suele gobernar la desidia. Mi padre la mayor parte de su vida que en verdad es lo que me acuerdo, luego de que una vez salió de una de tanta veces que estuvo en prisión, fue a servirle al hacendado y recogía parte de sus cosechas. En pago de una vieja deuda que adquirió a su voluntad por fianza de mi padre, y canceló de unos cuantos años, que le faltaron por cumplir la prisión, para terminar su condena en la cárcel; por motivo amigo lector que no deseo exponer, pues me extendería en el cuento y forma parte también de otro, que les contaré en su momento. Lo que sí les puedo adelantar, fue que mi padre asesinó a un portugués, en una taberna, en defensa del hacendado; y como mi padre era un Cristo para meterse en problemas. Dio muerte al portugués, con un palo de madera golpeándole la frente, cosa que sucedió en medio de una borrachera. Que para cuando pasó la noche, mi padre estuvo junto con el hacendado llamado Derso Rico, el cual, como no fue el que empuñó el madero, fue absuelto por las leyes impuestas por la comisaría, mismas que descansaban en los principios onerosos del dinero. Bueno. Así fue que comenzó la amistad de este señor con mi padre. Cuando pasaron algunos años, mis hermanos y yo, que somos tres los que en el hogar quedábamos, porque los otros dos no quieren saber nada de nuestro apellido, por temor a meterse en problemas, esto debido a la mala fama que se había granjeado mi padre a través de los años. Mi padre creo que llego a robarse hasta las limosnas del monasterio, cosa que no fue difícil de comprobar pues, cuando tuvimos mis hermanos y yo, un poquito más de conciencia, nos fuimos dando cuenta y hallando razón del porqué, mis hermanos mayores, no querían saber nada de nosotros. Así con esta herencia tan hermosa, que nadie es culpable de cómo le sonríe la fortuna, y como dicen algunos acomodadores de la palabra, arreglándola para los malos momentos “Al mal tiempo buena cara” Como que si a veces mereciéramos algo que no andamos buscando. Bueno para seguir contando el bien y mal de esta historia, que ya el mal se lo he expuesto en el baúl de mis tesoros.

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