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“Pese al voto en el referéndum”, ha manifestado la presidenta del comité, Kaci Kullmann Fiveen, con relación al rechazo en el plebiscito del domingo a los acuerdos alcanzados entre el Gobierno y la guerrilla, Santos ha contribuido siempre “al final del conflicto”


La paz es un largo camino que Juan Manuel Santos empezó a empedrar hace más de cuatro años. En ese tiempo, el presidente de Colombia vio cómo su proyecto pasaba por los cuatro estadios que, según Winston Churchill, conducen al logro de los grandes objetivos: sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo. El último término es el que suelen olvidar los poco memoriosos al citar a un hombre que de guerras (mundiales) sabía todo. Y es esa la palabra que ha inclinado la balanza a favor de Santos en Oslo al concederle el Nobel de la Paz: su esfuerzo, sin descanso, en busca de una paz con las Farc.

Al presidente Santos le sacaron de la cama para comunicarle una noticia con la que había soñado, probablemente, tantas veces como había imaginado una Colombia sin ejércitos de guerrilleros, con colombianos libres, sin secuestros ni torturas, con la selva limpia de minas antipersona y de narcotraficantes, y con los niños soldados con otro uniforme: el del colegio. El hombre escuchó el mensaje y le faltó tiempo para dar las gracias y recibirlo en nombre de “todos los colombianos… de los millones de víctimas que han sufrido por esta guerra”.

Con inesperada y “gran emoción”, con “humildad” pensó en voz alta: “El mensaje es perseverar y llegar al final de la guerra. Estamos muy cerca, solo necesitamos empujar un poquito más”. Santos vivía su sueño a medio desperezar y entendía que “los dos grupos con los que estamos negociando recibirán esto como un estímulo del mundo entero… Hay personas que no han apoyado al Gobierno, estamos hablando con ellos… Espero que entiendan lo importante que es contribuir y aportar a este proceso de paz para que sea más fuerte y duradero”.

La guerrilla terrorista más antigua del continente, la otra parte de esta negociación eterna que terminó su primera fase en las urnas y que tiene en lista de espera al Ejército Nacional de Liberación (ELN) reaccionó rápida al anuncio de Oslo. “El único premio al que aspiramos es el de la paz con justicia social para Colombia, sin paramilitarismos, sin retaliaciones ni mentiras”, escribió en su cuenta de Twitter, quizás dolido por no compartir cartel de Nobel, Rodrigo Londoño, alias “Timochenko”.

Hace menos de una semana, Santos rozó, con las balas de los votos, su objetivo de desarmar y reintegrar en la vida civil a las Farc. Falló frente a la voz del pueblo que, cuando conviene, resulta ser la voz de Dios y cuando no, la de la ignorancia.

El presidente al que sus adversarios reprochaban trabajar más para ganar el galardón que para conquistar la paz, la noche del plebiscito, tras conocer los resultados, dio por terminada su carrera al Nobel (equivocado) pero no la del proceso de paz.

Aturdido tras estrellarse contra el “no” de los colombianos y la indiferencia del 62 por ciento de los que podían ir a votar y no lo hicieron, Santos resurgió esta semana de su amargura para anunciar que insistiría «hasta el último minuto» en la senda que condujera al principio del fin de la violencia. Porque, en definitiva, eso era y es lo que representaban los acuerdos finales con las Farc.

Juan Manuel Santos cumplió en eso. Abrió las puertas de la Casa de Nariño (sede del Ejecutivo) y, después de seis años, estrechó manos con Álvaro Uribe, su antecesor en el cargo y principal abanderado del “no” en el plebiscito.

Tenacidad

El hoy premio Nobel de la Paz, periodista y político, está más convencido que nunca de que “la paz -en un país con más de doscientos mil muertos por la guerra- es posible”. La tenacidad de Santos es su seña de identidad y el desconsuelo, un estado del que, después de mucho sudor, sangre, lágrimas y esfuerzo, salió al recibir el galardón más importante que puede tener una persona de bien.

Es el premio más controvertido de todos

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, era el gran favorito para el Nobel de la Paz antes del plebiscito del pasado domingo, pero su derrota en la consulta había rebajado sensiblemente las expectativas de que fuera el escogido por el Comité Nobel, que sin embargo, ha vuelto a sorprender.

“Hay muchas partes en el proceso, pero Santos fue quien tomó la primera e histórica iniciativa. Ha habido otros intentos antes para lograr la paz, pero él fue a por todas y con una gran voluntad de lograr un resultado, por eso lo hemos destacado. Además, es el líder del Gobierno del país», explicó la presidenta del Comité Nobel noruego, Kaci Kullmann Five antes de rechazar de forma categórica que la decisión de otorgar el Nobel a Santos pueda ser interpretada como una falta de respeto al resultado del referendo.

Cortesía
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“Al contrario. Mostramos que respetamos el proceso democrático y la votación del pueblo colombiano. Pero no han dicho no a la paz, sino a un acuerdo específico», declaró Kullmann Five, resaltando la importancia de que se reanude el proceso para impedir que vuelva a estallar la guerra civil”.

En sus 115 años de historia, sorprende que una de las mayores figuras del pacifismo mundial como lo fue Mahatma Gandhi, jamás recibiera el Nobel de la Paz a pesar de haber sido candidato hasta en cinco ocasiones. Tras su asesinato en 1948, el comité consideró otorgarle de forma póstuma el galardón, pero quedó finalmente desierto porque «no había ningún candidato vivo que fuera adecuado». Solo Dag Hammarskjöld (1961) lo ha recibido póstumamente. Tras su caso, los estatutos fueron modificados para evitar que se volviera a repetir.

El Comité Nobel ha retenido este premio en 19 ocasiones. En ninguna otra categoría ha quedado tantas veces desierto. No fue entregado en 1939, el año en el que fue aspirante al premio Adolf Hitler. No fue el único dictador en figurar entre los candidatos.

Redacción
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Redacción El Norte
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