Subestimar al delincuente: Si algo tiene en común el delincuente latinoamericano y muy especialmente el que hace vida en Venezuela, es su alto nivel de astucia, creatividad y deseo de cumplir sus objetivos. Pensar en la imagen de un criminal que solamente actúa erráticamente bajo instintos primitivos es un error. De allí la necesidad de implementar medidas teniendo en mente a una amenaza que debe ser considerada en una justa y real dimensión.

2. Negar la innovación: Los retos que se presentan en el área de la seguridad se multiplican permanentemente y los paradigmas cambian a ritmos cada vez más acelerados. Mantenerse a un nivel de eficiencia tal que permita afrontar las amenazas y disminuir los riesgos, solo es posible considerando nuevas ideas y formas de ver los problemas. Si bien es cierto que en oportunidades la naturaleza del ser humano genera una resistencia al cambio, es esa disposición al cambio la que precisamente contribuye de manera decisiva a mantenernos protegidos.

3. Obviar al equipo: La seguridad exige la participación de equipos multidisciplinarios. Los favorables resultados de casos de éxito a nivel mundial, pueden ser identificados con una cabeza visible o personaje público, pero detrás de esa figura hay un grupo humano. Esta realidad aplica tanto a la seguridad pública o a la que desarrolla para el ámbito privado. Pero no se trata solamente de lograr conformar a los talentos necesarios, sino de poseer un conjunto de habilidades blandas que permitan alinear eficientemente las iniciativas. Los conocimientos “duros” siguen siendo necesarios, pero no son suficientes.

4. Seguridad es gasto: Cuando se observa a la seguridad como una gestión generadora de gastos, a la que a duras penas se le asignan recursos, los resultados negativos no se hacen esperar. En una región tan violenta y conflictiva como lo es Latinoamérica, la seguridad no sólo debe ser vista como de carácter táctico sino estratégico e incorporada al día a día de las organizaciones. Ese funcionamiento eficiente que se espera de la seguridad, no es posible sin la inversión de recursos de acuerdo a la naturaleza, realidades y entorno de cada caso.

Recuerde, la seguridad no es gratis.

5. Improvisar soluciones: Bien sea por ignorancia o por apresuramiento, en oportunidades las soluciones que se intentan implementar no se analizan previamente, son fruto de buenas intenciones o aíslan elementos que todo sistema debe incorporar. La seguridad puede graficarse como una mesa, donde las normas y procedimientos, la infraestructura, el recurso humano y la tecnología soportan todo el sistema de gestión de la organización. De no mantenerse un equilibrio en la incorporación de todos estos elementos, las deficiencias del sistema se harán evidentes.

6. Negarse como víctima: No existe un sistema de seguridad impecable que garantice su protección en un 100%. Lo que sí existen son diversas opciones que pueden de manera eficiente, minimizar la posibilidad que el individuo o la organización sea víctima. Asumir la posición de negación a la realidad de inseguridad, violencia y crimen, equivale a esconder la cabeza como el avestruz. No importa su estatus social o el tamaño de su organización, siempre hay un grupo de delincuentes para quienes su posición lo hace objeto de sus acciones.

7. Ciudadano sí, habitante no: El habitante es con mucho el objetivo preferido de los delincuentes y ello es así debido a las características que evidencian sus vulnerabilidades. El habitante actúa de forma individual, huye de los compromisos, se enfrasca en discusiones estériles, no toma iniciativas, es reactivo y se esconde tras una larga lista de justificaciones para no incorporarse a las iniciativas de la comunidad. El ciudadano es crítico de su realidad, pero se ocupa en aportar soluciones, es reconocido por agregar valor de acuerdo a sus posibilidades, exige sus derechos, pero cumple sus deberes. El ciudadano es consciente que, como parte de la comunidad, no debe ser ese eslabón más débil que el delincuente busque atacar.

Tomado de El Universal

Alfredo Yuncoza