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Para aclarar la mirada del ciudadano, del elector, no así para alimentar el saber de un experto constitucionalista, hay que construir todo un relato sencillo pero lógico del rol que tienen los gobernadores en la Venezuela de hoy. Como ya van a efectuarse las tan esperadas y polémicas elecciones regionales, es el momento de recordar la importancia de participar en este próximo peaje electoral obligatorio.

Comencemos por aceptar que la esencia de la democracia se manifiesta en el voto. Existen dictaduras y tiranías con votos, pero no existe democracia sin voto. Los que aceptamos sinceramente a la democracia como la mejor forma de gobierno, los que creemos en los contrapesos para controlar al poder, los que pensamos que la alternancia tiene la ventaja de refrescar las ideas políticas, estamos convencidos de que el voto como mecanismo para escoger entre varias alternativas políticas, es indispensable para la democracia y para expresar la voluntad popular. Todos los obstáculos, trampas, astucias y demás inventos que hagan los obsesionados con el poder para conservarlo, nunca tienen el peso suficiente como para convencer a un demócrata de no votar, escogiendo entre varias opciones. Por supuesto, si no hay varias opciones políticas, no hace falta el voto. Cuando eso sucede es preferible llamar al proceso una aclamación. Hasta en las primarias internas de los partidos políticos, en Venezuela y en todo el mundo, se ofrecen diferentes alternativas que se confrontan en un debate de ideas enriquecedor para la democracia.

La Constitución venezolana habla del Poder Estatal, compuesto por el Poder Legislativo Estadal, que tiene como órgano el Consejo Legislativo de cada estado; el Poder Ejecutivo Estadal, que se humaniza en la cara del gobernador del estado; el Poder Judicial, compuesto por las oficinas regionales de la Dirección Ejecutiva de la Magistratura, y el Poder Ciudadano Estadal, representado en las contralorías regionales autónomas. La representación del Poder Ejecutivo Estadal es entonces el gobernador.

En la democracia que yo crecí, el gobernador era electo por el dedo del presidente de turno. En general era un amigo del presidente, entre los hombres prominentes de cada estado. Le debían el puesto al presidente y tenían que actuar en consecuencia, de lo contrario eran despedidos. En el año 1989, diez años antes de que Chávez llegara al poder, se realizaron las primeras elecciones de gobernadores en Venezuela. El panorama cambió. Ya el dedo del presidente no mandaba en las regiones, sino el voto popular. Hay que decir que hubo un gesto de valentía política y de profunda convicción democrática de Carlos Andrés Pérez, presidente para la época. Hasta sus más feroces contrincantes políticos admiten que Carlos Andrés nunca fue un obstáculo para esas elecciones. Las declaraciones de los gobernadores de la oposición que ganaron en esa oportunidad son contundentes. Ese avance democrático, que ahora ya perdió su valor simbólico porque es un derecho adquirido, nos permitió llegar a donde estamos ahora, en las vísperas de unas elecciones que el Poder Electoral nos debía desde diciembre del año pasado.

Ahora bien, elegiremos a los gobernadores el 15 de octubre y preguntamos: ¿para qué sirven? En primer lugar, sirven para recordarnos que la democracia existe. Que la voz de los ciudadanos debe ser escuchada en las regiones. Que la descentralización es un hecho. En segundo lugar, sirven para administrar el gobierno del estado. Y en tercer lugar, para potenciar liderazgos regionales que luego se pueden convertir en nacionales. Así que salga a votar el 15 de octubre, porque jugar al desengaño político no ayuda en estos tiempos.

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Redacción El Norte
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