Mis amigos suelen cuestionar mi afición por ver la saga cinematográfica estadounidense llamada Rápido(s) y furioso(s), en la cual unos personajes andan conduciendo automóviles de manera desaforada y temeraria. Los diálogos son escuetos y como cualquier película que se precie de ser buena, exalta la importancia del concepto de familia como elemento cohesionador del amor.
-“¿Cómo un profesor como tú puede ver esas  películas?”, me reprochan cada vez que enmudezco ante las imágenes de vehículos conduciendo y estrellándose a toda velocidad.

Honestamente, la respuesta es que ver esos filmes me “embrutecen” y embrutecerse suele ser en ocasiones la única opción para sobrellevar la vida, lo cual me ubica en un sitial un tanto enmarañado de explicar, puesto que se trata de un embrutecimiento por necesidad.

¿Embrutecimiento por necesidad es una categoría intelectual? La respuesta es afirmativa, y tiene sus antecedentes remotos.

Desde los griegos, el embrutecido como postura frente a lo civilizatorio tiene puntuales referentes, como lo es el caso de Diógenes, quien pensaba que desde el cinismo se le podía hacer frente a una sociedad harto caprichosa con sus afanes por crear un falso orden.

Cínicos y escépticos todavía resuenan en las dinámicas propias de nuestro tiempo.

Cuando Diógenes de Sinope murió (413-323 a.C.), los atenienses le dedicaron un monumento: una columna sobre la que reposaba un perro, símbolo del regreso a la naturaleza, a la autenticidad de la vida de la que el filósofo fue profeta a la par de su testimonio. Poseía una acusada atracción por la sátira, la paradoja y el humor. Iconoclasta, profanador, contrario a cualquier tipo de erudición e incluso de cultura, Diógenes prefirió siempre expresarse mediante la acción, el comportamiento y las elecciones concretas más que mediante textos escritos, características que combinaba con el desprecio de los placeres, el dominio del propio cuerpo, la anulación de las pasiones, de las necesidades y de cualquier vínculo social estable, requiriendo para ello esfuerzo, disciplina, prestancia física y una indomable tensión moral.

Este espíritu que deja sembrado Diógenes en lo civilizatorio se basa en el culto a la locura como forma de conducirse, como manera de transgredir el orden establecido a través de asumir una actitud abiertamente contracultural, la cual es posesionada mucho tiempo después, en el siglo XX, a través de movimientos vanguardistas tales como el dadaísmo y muy particularmente el surrealismo.

Ante una avalancha de situaciones de carácter histórico, los dadaístas se declaran ajenos al entendimiento y los surrealistas ocupan un rol en donde la locura es el fin último mediante el cual paradójicamente el hombre se puede salvar de la alienación imperante.

Viéndolo de esta manera, desde el cinismo hasta el surrealismo asumen una postura de luchar contra la corriente contraponiendo el lado más radical de lo que pudiésemos considerar el orden social.

Ahora bien, ¿por qué el culto a la superficialidad no es también una posición contracultural? ¿Por qué la contemplación de Rápido(s) y furioso(s) es asumido por las élites como ajeno a lo civilizatorio?

Por una razón tan falsa como hipócrita. Porque el placer superficial es ajeno al ideario propio de los hombres que creen en las utopías. Caso concreto es el llamado hombre nuevo, que en su afán de crecimiento personal, desprecia las formas más elementales de goce y banaliza elementos que tienen un gran valor como es el caso de la sexualidad.

Alirio Pérez