Madres evitan colas y palian la escasez de alimentos con la siembra de productos de fácil cosecha en casa

La crisis mutó el genotipo venezolano. Se volvió parte de la manera en la que asumen la vida, en la que piensan e incluso en lo que son. Los relatos que recabó el equipo reporteril de El Norte evidencian cómo una sociedad dejó de ser lo que quería para convertirse en la consecuencia de lo que anda mal. Encaminaron su vida a lo que era posible y no a lo que querían. No se sienten dueños de sus decisiones. Ahora la descomposición social elige por ellos.

Los profesionales se autoexplotan de trabajo: ahora también son agricultores, para resolver el bocado de cada día. Las madres perdieron la cordialidad de recibir a las visitas con café en mano y ahora imploran que a ningún ajeno se lo ocurra tocar a la puerta para conversar. Los jóvenes olvidaron vivir como muchachos y ahora se divierten entre cuatro paredes. Pero dentro de tanto pesimismo, también hay quienes se encontraron a sí mismos en medio de tanto caos.

Rogar que nadie visite siquiera para saludar

Recibir visitas en casa ahora es un tormento. La acostumbrada cordialidad del café con leche o los aperitivos para los invitados se acabó. No hay dinero ni alimentos suficientes para derrochar amabilidad entre conversaciones. Los hogares venezolanos, incluido el de María Guevara, están en austeridad excesiva. La escasez de al menos 25 productos de la canasta básica alimentaria según (Cendas), así lo imponen.

webDesde hace un año, el ama de casa ruega para que familiares o amigos eviten pisar su hogar siquiera para saludar. La presencia de ajenos la hacen sentir frustrada y avergonzada. Los alimentos que guarda en su alacena apenas le alcanza para “medio” garantizar los tres platos diarios de los cinco integrantes de su familia. La poca capacidad adquisitiva priva.

“(Cuando viene alguien) empiezo a maquinar cómo hacer para rendir lo que tengo y no dejar que esa persona se vaya sin comer. Tengo que hacer milagros. (Pero) a veces espero que se vayan pronto para no ofrecerles nada. Sencillamente no tenemos para solventar una boca más”, se lamenta la Guevara.

Pero en caso de verse obligada a ofrecer algo, Guevara tiene una estrategia. Es la “magia” de la borra de café que reutiliza varias veces hasta que deje de tener gusto. Aunque no sabe igual, al menos los comensales saborean un guarapo con azúcar, si es que consigue.

Ese estrés de recibir a personas en casa también muta en culpa. Ahora no visita, a no ser por casos extremos. No quiere molestar. Presume que todos los hogares atraviesan la misma escasez que el de ella. La última vez que se presentó en casa ajena fue hace dos meses por la muerte de un familiar cercano.

“El venezolano se está volviendo una persona muy ermitaña y solitaria. Estamos optando por no salir a distraernos, cuando antes íbamos playa a cada rato. En mi casa, cada fin de semana había música, sancocho o cualquier comida con su respectiva caja. Eso era algo reglamentario. Pero eso es algo que ya no se puede hacer”, recuerda Guevara con un dejo de melancolía.

El racionamiento también aplica para las bocas bajo su techo. La distribución de comida es estrictamente calculada para que los productos alcancen para satisfacer el crujido del estómago de todos. Los Guevara disminuyeron las porciones y limitaron las opciones. Pero se demuestran las consecuencias: todos han bajado hasta cinco kilos de peso y se han aislado un poco de los demás.

Existir con miedo y dejar de vivir

Salir a la calle es jugar a la ruleta rusa. Nadie sabe cuándo, cómo o dónde le tocará engordar las cifras de secuestros, robos u homicidios del país. “Paranoia” es la referencia coloquial más utilizada por los venezolanos para describir lo que se siente existir en el segundo territorio más acosado por el hampa y la violencia, según la Organización de las Naciones Unidas.

El joven Ignacio Medina entiende lo que eso significa y tiene el miedo marcado a fuego en la piel. Ya una vez lo tomaron como rehén durante un robo en transporte público en una avenida tan larga como peligrosa, la antigua vía alterna de Barcelona. periodio

Fue hace dos años cuando pensó que moriría. Un cuchillo en el cuello que amenazaba con cortarle la yugular fue lo que motivó a los pasajeros de la unidad a entregar todas sus pertenencias. Nadie se resistió. Asume que quizá no querían verlo morir esa tarde. Ese roce con la muerte acentuó los temores, pero desde mucho antes había cambiado sus rutinas.

“Me he adaptado a cómo se mueve la delincuencia. Tuve que cambiar de parada de autobús porque en la de Molorca, donde siempre me quedaba, ya han encontrado a dos muertos. La última vez mataron a uno en un autobús. Me convertí en un scanner. Cuando veo a alguien lo analizo por completo, si lo encuentro raro o hay algo que me enciende las alarmas me bajo del autobús o me voy de donde esté”, relata el joven fotógrafo.

Los 23 años se suponen que son la euforia de salir y divertirse en lugares nocturnos.

Absorber todo lo que el mundo tiene para ofrecer. Pero la inseguridad frustró esa etapa de la vida de Medina. La última vez que bailó en una discoteca fue en enero de 2014 y solo por ser Año Nuevo. En realidad, no sale después de las 6:00 de la tarde.

Su diversión se limita a las cuatro paredes de su cuarto. Los fines de semana los pasa viendo televisión, películas o hablando con su familia. De vez en cuando se reúne con amigos en sus residencias. Para evitar situaciones que lo expongan, sale cuando aún hay sol y regresa a casa al día siguiente.

Medina también dejó de ingerir bebidas alcohólicas. Sumado a la inseguridad, la economía le tiene una camisa de fuerza. El salario que recibe como fotógrafo apenas le alcanza para ayudar en casa a comprar los productos de la cesta básica. Prefiere adquirir un kilo de harina precocida que malgastar el dinero en una fiesta o par de tragos.

“Me he vuelto más familiar, ahora comparto más con mi familia que con mis amigos. Pero me siento frustrado. Creo que la única forma de vivir plenamente es yéndome del país”, enfatizó el joven.

Sobrecarga de trabajo  para poder comer

Trabajar ya no garantiza un plato de comida. El hambre no se sacia del esfuerzo de bregar ocho horas todos los días. Ahora es cuestión de azar o el rebusque. La profesora Mirian Astudillo tardó poco en darse cuenta de lo pervertido que se tornó aplacar una de las principales necesidades básicas: comer. birrete-02

Debía decidir entre hacer largas colas durante horas o comprar lo poco que le alcanzara con los Bs. 36 mil que percibe de su salario de maestra. Que realmente representan solo 7% de los 502 mil 881 bolívares que cuesta la canasta básica familiar, según el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros.

En lugar de eso, adquirió un tercer oficio, además del de ama de casa y educadora. Ahora también se dedica a sembrar y cultivar alimentos. El patio de su casa es un huerto improvisado. Su rutina se transformó para utilizar el poco tiempo libre que le queda en ser agricultora.

Por el sector donde reside, los Comités Locales de Abastecimiento y Producción ni siquiera saludan de lejos. Entonces cambió su rutina “para sobrevivir”. Sale poco y en caso de hacerlo, en las reuniones con sus amigas se dedican a cosechar en distintas casas, conversar sobre cómo paliar la crisis alimentaria que hay en Venezuela o cocinar de sus propias siembras.

“Antes me reunía con unas amigas con propósitos de recreación. Pero ahorita no puedo tener una provisión para salir porque para recreación no alcanza el sueldo. (Cuando nos reunimos para germinar semillas) también es un rato que uno pasa de
esparcimiento. Es una nueva forma de divertirse”, explica la mujer de 45 años.

La verdad es que de cuidado de tierras la profesora poco sabía. Ni siquiera regaba las pocas plantas de adorno que tenía en su casa. Pero la escasez la obligó a aprender. “El amor (a la tierra) viene de la crisis”, confiesa. Lo que infiere que es uno de esos cariños que se autoimpuso a sentir para hacer menos pesada la rutina de llegar cada día a las 5:00 de la tarde para atender su plantación.

Hasta ahora y en menos de un año, tiene un cultivo importante de maíz, cambur, plátano, topocho, lechosa, parchita, yuca, ají, pimentón, berenjena, entre otros rubros. Con ellos, ahorra dinero e intenta comer sano. El resto de los alimentos los compra según la temporada, para adquirirlos a menor precio. “Las compras deben ser menos emocionales y más inteligentes”, sugiere.

Utiliza el internet también como herramienta autodidacta. Cuando no está en el colegio instruyendo o en la tierra sembrando, seguro se le encuentra navegando por Facebook. A diferencia de la mayoría de los usuarios, no utiliza la red social como una ventana al cotilleo.

Indaga en páginas como “Aguantando la pela” para leer sobre recetas de comidas en contexto de crisis venezolana.

El quiebre constante que inspira

Vivir en Venzuela representa un reto. Es una provocación para alterar la psiquis y una amenaza de fracaso para los sueños de los jóvenes. Pese a que la inmadurez de los 21 años limita la superación de sus consecuencias, no todos se dejan persuadir por lo cómodo que resulta quedarse inerte ante la crisis. Algunos cambian sus costumbres, pero en búsqueda de la espiritualidad y de la evolución.

Al estudiante de Comunicación Social y músico Óscar Freites, el sello venezolano de no conseguir alimentos, medicinas, estar acosado por la delincuencia y demás problemas cotidianos, lo mantienen en un quiebre constante. Pero justamente fue esa su ventana al crecimiento y la madurez individual y de su entorno.

A través de la música que crea con su banda Musanostra desde hace cuatro año encontró la forma de catarsis. Además, utiliza la meditación y demás influencias artísticas (literatura, pintura incluso cine) para conectarse con algo que lo mueva y lo motive en medio de tanto caos y desaliento.

“La crisis te lleva al borde del abismo. Pero entonces el arte comienza a ser la única forma de sobrevivir. Esto complica un poco más las cosas (pero a su vez) saca lo mejor de ti. Para la gente que está más cerca de lo sublime es más fácil superar la situación”, relata el joven mientras confiesa que esa cercanía con la espiritualidad lo aleja de la frustración.

Sin embargo, ha tenido razones para estarlo. Su aspiración musical -en compañía de su banda-, es un disco que aún no se ha materializado producto de lo costoso que se ha vuelto el tiempo en estudio. Solo un día de grabación cuesta 60 mil bolívares. Sin contar todos los procesos posteriores como la masterización y mezcla. Cada canción saldría en aproximadamente 500 mil bolívares.

Estos contras económicos modificaron sus metas. No desarrollaron el trabajo musical que pretendían pero desarrollaron un EP; una especie de disco de apenas cuatro canciones con la colaboración de bandas locales como Tomates Fritos, quienes les prestaron guitarras para grabar.

“Eso era algo que no pasaba hace cinco años. (La crisis) también ha estrechado los lazos dentro del arte. Nos ayuda a ayudarnos. Otros conocidos nos hicieron precios de amigos para utilizar el espacio y hacer las canciones, de otra forma no hubiéramos podido hacerlo (…) El amor es lo que nos mantiene”, reflexiona el muchacho estudiante.

Sobre su influencia en el colectivo, espera que a través de sus presentaciones puedan tender puentes entre las personas, motivar al público a pensar en lugar de distraerse y sensibilizarlos sobre los padecimientos ajenos; provocar en otros ese trance que le permite a él superar tanta anarquía y desorden.

Katherine Carrizales
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