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Experto aseguró que una de las principales razones que motivan la huida es la inseguridad personal y la crisis económica

El terminal de Puerto La Cruz, en el estado Anzoátegui, fue el escenario de su despedida. La idea de dejarlo todo los atormentó por casi seis meses. Familia y amigos eran lo que más los mantenía atados sentimentalmente, a pesar del impulso que ellos mismos les daban.

La vida de Pablo y Giovanna se resumió en apenas un par de maletas que fueron embarcadas en un autobús de la línea de expresos Los Llanos. Desde el Puerto arrancó la travesía. Un poco más de 18 horas demoraron en llegar a San Cristóbal, en el estado Táchira.

Durante el trayecto, aún en suelo venezolano, los hermanos conversaban para levantarse el ánimo y llevar un espíritu de triunfo y no de derrota. La sola idea de pensar que los podía devolver en alguna de las cuatro fronteras que les tocaba sortear los atemorizaba.

Era un verdadero acto de valentía lo que se habían propuesto. 800 dólares en efectivo que habían reunido a través de aportes familiares y préstamos eran celosamente custodiados por el par de criollos. Cada uno, dentro de su ropa interior, había escondido 400 dólares. La delincuencia en el camino, según la advertencia que le habían dado otros amigos, era “realmente atroz”.

El autobús hizo su entrada al terminal privado de Los Llanos, en San Cristóbal, y de ahí se movilizaron hasta San Antonio del Táchira, para luego abordar un taxi que los trasladara hasta la frontera colombo-venezolana. El precio del boleto costó Bs. 10 mil por cada uno, además de Bs. 500 por persona que debieron pagar por la tasa de salida del suelo gocho.
Mientras más kilómetros recorrían, más se multiplicaban los sentimientos por lo que dejaban atrás. Cada vez estaban más cerca de cumplir el reto.

El miedo los asechaba pero no los paralizaba.

Recordaban religiosamente todo lo que habían llevado. Con pan, galletas, jamón endiablado, atún y agua mitigaron el hambre y saciaron la sed, cuando los estómagos comenzaron a gruñir y sus gargantas se resecaron.

Habían llevado lo suficiente, así que les sobró para el resto de camino. Algunas medicinas también formaron parte del equipaje de mano. Vértigo, dolor de cabeza y otros malestares pueden atacar los pasajeros durante el largo trayecto de nueve días.

Una travesía
Cuatro fronteras los separaban de sus sueños. Chile había sido el país suramericano escogido para hacer su nueva vida. Con suerte y sin contratiempos pasaron la primera alcabala colombo-venezolana. No hubo preguntas, tampoco solicitud para revisar las maletas.

Ya habían transitado parte de los siete mil 536 kilómetros para llegar hasta Santiago. Cada una de las paradas se veía más lejana, sobre todo para lo que implicaba asearse y estirar las piernas.

La travesía continuó, y así Pablo y Giovanna atravesaron Ecuador y Perú sin contratiempos. Los rezos que cada uno lanzaba por su lado a Dios, y a cual santo recordaran, les había surtido efecto.

El temor repuntó cuando llegaron a la frontera chilena. El deseo de salir ilesos de la última traba migratoria casi se le trunca a la menor de los hermanos.

Los nervios ante las preguntas de los guardias la hicieron tartamudear y así despertar la suspicacia de aquellos militares, que en medio de la fila habían devuelto ya a varias personas.

Pablo esperaba detrás de ella. No se atrevió siquiera a pronunciar palabras, excepto para responder las tres interrogantes que le lanzaron cuando llegó su turno. ¿Hacia dónde va?

¿Es soltero o casado? Y ¿Cuál es su profesión?
Después de superar esos nervios, le visaron su entrada a Chile, pero aún esa explosión de felicidad por haberlo logrado no estaba completa. Falta su hermana, a quien la espera de unos 20 minutos le parecieron horas.
Nuevamente, vinieron las invocaciones religiosas, sobre todo a la Virgen del Valle, de la cual ambos son devotos. Las plegarias fueron escuchadas. Giovanna libró aquella prueba.

El guardia, sin decir nada, le selló el pasaporte.

Terminó el viaje

En Santiago Centro los esperaba una pareja de amigos que tres meses antes había experimentado esta aventura de nueve días. Legalizaciones y la búsqueda de empleo son el paso siguiente.

Para los miles de venezolanos, incluidos Pablo y Giovanna, que han tomado la decisión de abandonar su terruño con destino a lo desconocido por el camino no más fácil, pero sí el más económico, representa no solo riesgo sino también incomodidades.

Lo más duro, según los migrantes son las horas de viaje que permanecen sentados, pegados a una ventanilla pensando en la llegada, además de lo crítico de que el mismo baño de la unidad sea usado por más de 30 pasajeros que, como ellos, buscan un mejor porvenir.

Pero la historia no termina ahí. El reto mayor de quienes emigran no culmina al bajarse del autobús, al contrario, apenas inicia el duro pero fructífero recorrido, la búsqueda de calidad de vida y una estabilidad y futuro económicos que Venezuela, por ahora, no les puede ofrecer.

Son más
Desde 2000, el gobierno venezolano ha mantenido engavetadas las cifras oficiales de emigración. Sin embargo, el profesor de la Universidad Simón Bolívar e investigador del tema, Iván de la Vega, le declaró al diario La Nación que para 1992 había unos 30 mil criollos en menos de 20 países.

Hoy, según las investigaciones y reportes migratorios que ha llevado el docente, un aproximado de 1,5 millones de venezolanos ha huido de la crisis hacia 94 naciones.

Para el sociólogo de la Universidad Central de Venezuela, Tomás Pérez Bravo, el perfil del venezolano que toma la decisión de radicarse en otro país presenta tres grandes características que lo diferencian del emigrante tradicional. Aseguró que estos son jóvenes, de clase media-alta y profesionales.

El experto refirió que una de las principales razones que motivan la huida es la inseguridad personal y la crisis económica. “Se trata de venezolanos que se prepararon toda su vida, pero que se tropezaron con una realidad que les negó cualquier posibilidad de desarrollo”, argumentó.

Viajar desde Boa Vista en Brasil es una opción

El representante de la empresa de Expresos Caribe, en el terminal terrestre José Antonio Anzoátegui de Puerto La Cruz, José Gregorio Hernández, expresó que viajar desde Boa Vista, en Brasil, a cualquiera de los del continente sudamericano también es una opción rentable.

Explicó que el boleto tiene un costo de Bs. 150 mil y las salidas se hace tres veces a la semana, a partir de la 2:00 de la tarde.

“Desde aquí viajan muchas personas, incluso hay unos que se radican en Boa Vista por un tiempo, para hacer más dinero, y luego buscan su rumbo. No es costoso”, aseveró.

Hernández indicó que una vez en la ciudad, los pasajeros hacen su cambio de bolívares a reales para comprar sus pasajes. “Una vez allá se pueden ir en barco, en avión o en autobús, todo depende de la disponibilidad del pasajero”, dijo.

Inseguridad
El representante de la empresa indicó que la inseguridad es uno de los puntos que juega en contra de los emigrantes. “La gente sabe que el que se va del país lleva dinero, bien sea dólares, o dinero en otra moneda, por eso tienen que tomar sus previsiones”, aseguró.

Además, indicó que en la vía hacia Puerto Ordaz, montan cacería a los autobuses.

“El conductor hace una parada en el terminal de Puerto Ordaz para recoger a más pasajeros y de ahí se detiene en Santa Elena de Uairén, hasta llegar a su destino, Boa Vista”, continuó.

No permitido

Giselle de Rodríguez, representante de la línea Omega en la frontera colombo-venezolana indicó que a la hora de viajar, los emigrantes deben cuidar lo que llevan. Explicó que el paso de electrodomésticos no está permitido, ni animales.

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