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Policía del municipio Urbaneja aseguró que no existe restricción para que
deportistas practiquen actividades extremas en el cerro El Morro


Volar es un deseo primitivo del ser humano. Nuestra raza ha anhelado con tanta vehemencia el revoloteo libre de las aves por el cielo que, en tiempos remotos, intentó fabricar un esqueleto de madera y plumas para imitar a la naturaleza.

Aunque esta locura no dio resultados, insistimos con terquedad: pasamos de los globos aerostáticos a planeadores y finalmente a las aeronaves. Pero las máquinas no satisfacieron la ansiedad por conseguir algo más natural, hasta el vuelo en parapente.

Adueñarse de las nubes moviendo un ala flexible de hasta 30 metros de largo -desde la comodidad de un asiento amarrado al cuerpo- es la experiencia más cercana a volar y suspenderse en el aire tal cual como lo haría un águila: despacio, segura e imponente.

En Anzoátegui, Parapente El Morro es el único club que hace esto posible. Además de que los diez miembros practican habitualmente el deporte extremo, ofrecen a inexpertos el paseo durante los 15 minutos más cortos que cualquier apasionado por la aventura pueda vivir.

Lejos de ser una práctica aparatosa y complicada, como se podría pensar al ver todos los implementos que requiere (arnés con paracaídas de emergencia, casco, variómetro atmosférico, GPS y equipo de radio opcional), la agilidad de estos chicos, e incluso la serenidad y calidez con la que asisten a los primerizos, convierte en un acontecimiento casi innato la hazaña de volar a más de 175 metros por encima del nivel del mar, en el imponente cerro de Lechería.

De hecho, así lo demuestran todos los afiliados. El guía del equipo e instructor certificado por la Federación Deportiva Venezolana de Ícaros y Parapentes (Fedevip), Maikol Rojas, comenta que se reúnen prácticamente todos los días de la semana a las 4:30 pm en la quinta Los Faraones y los fines a las 11:00 am en la parte trasera de la montaña, siempre buscando la dirección en la que venga el viento.

Riesgo controlado

A pesar del peligro que representa la práctica de parapente, Rojas aclara que en ocho años que tiene volando nunca ha utilizado el paracaídas de emergencia. “Es de riesgo controlado. Todo depende de lo que quieras hacer. Las piruetas son más extremas, las hacemos si la persona lo solicita (…) pero tomamos el curso SIV (Simulación de Incidentes de Vuelo) para saber cómo reaccionar ante incidentes”, explica.

Para él y el resto del club, más que un ejercicio catalogado como peligroso o un pasatiempo, es la génesis de sus vidas. Pese a que conocen que existen riesgos, en voz unánime responden que ante todas las preguntas, volar es la respuesta. Es el escape y la única manera con la que se conectan con ellos mismos.

Vivir la experiencia demuestra que están en lo cierto. La mejor forma de describir la sensación de observar al frente y debajo la inmensidad del mar Caribe chocar contra la costa de Puerto La Cruz que se une con la del municipio Urbaneja, además del espectáculo que regala el atardecer mientras arropa al complejo turístico es: libertad. Paz y tranquilidad absolutas.

Una vez arriba, el único decibel perceptible es el que hace la brisa cuando choca contra la vela y se adueña de ella para tener un vuelo dinámico. Éste varía dependiendo de la intensidad del viento que tropieza con la montaña y sube a una velocidad entre 12 y 28 kilómetros por hora.

Parapentes

Pero una vez que las personas se atreven, la libertad del vuelo no solamente se limita a conocer el lado silente del mundo, sino también a desprender los miedos y las limitaciones. Personas de varios estados han llegado al club para utilizar la práctica como terapia. De hecho, el piloto Luis Carrizo, quien tiene desde el año 2003 haciendo parapente, relató que antes le temía a las alturas.

Aunque nunca imaginó que se convertiría en un dominante de cielos, esa fue la única forma con la que superó sus temores. Pero él no es el único. Desde abuelas de 85 años, hasta niños ansiosos por la aventura han roto con sus propias limitaciones.

Después de siete años siendo instructora de yoga y aunque sólo ha volado dos veces en parapente, Lilibeth Estaba no podría decidir entre una cosa y otra. Relata que viajar en avión siempre fue terrorífico, por lo que tardó un año para decidir si adentrarse en el planeo junto a su novio, que es piloto.

“La sensación de estar suspendida en el aire es igual o mejor que hacer yoga. Yo le dije a mi novio: ‘haz lo tuyo que yo voy a cerrar los ojos’. Hice yoga mientras volaba (…) cuando regresas te sientes liberada de todas las cargas, ves el mundo distinto”, relata la instructora mientras se muestra ansiosa porque llegue el próximo paseo.

Condiciones de viento

El guía Rojas explica que escogieron la montaña por las condiciones de viento. Por tratarse de costa, asegura que éste viene “limpio”. Lo que significa que las corrientes de aire viajan en sólo una dirección sin generar remolinos que acarreen turbulencias.

El instructor de aeromodelismo -otro de los deportes científicos que también practican-, Jesús González, comenta que los buques que se anclan frente a la montaña los guían para conocer desde dónde sopla el aire, pues la cola de los barcos se mueve con él.
Sin embargo, comenta que como el manejo de los planeadores y drones se hace a través de la fuerza del viento, deben tener nociones básicas de cómo se mueve. Por lo que el deporte requiere el estudio básico.

“50% es conocer la dirección del viento porque no es un vuelo motorizado, sino que planeas. El otro 50% es la práctica”, complementa Rojas.

Pero el cerro El Morro no es el único lugar donde ofrecen paseos. También realizan vuelos térmicos en Los Altos de Santa Fe, en Sucre. Allí, viajan a través de masas de aire caliente que desprende el suelo, por lo que pueden ascender más de mil metros encima del mar.

Parapente

Permisos

Pese a que desde el 2003 los miembros de Parapente El Morro han practicado el deporte extremo en el cerro de Lechería rechazan que -presuntamente- la policía municipal quiera prohibir el vuelo en el lugar desde el pasado 24 de diciembre.

El representante y guía del grupo, Maikol Rojas, explica que funcionarios de Poliurbaneja han solicitado permisos que, según ellos, no existen. Además, recuerda que el alcalde Gustavo Marcano y la dirección de Turismo los han apoyado.

El subdirector del cuerpo de seguridad, Simón Morón, asegura desconocer la existencia de restricciones por parte de esa institución para el libre desarrollo de las actividades extremas.
Comenta que la única prohibición que existe es el acceso en automóvil al área El Acuario, por petición de los vecinos.

Katherine Carrizales
[email protected]

Redacción El Norte
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