He descubierto que tus libros no los leen ni los amigos, pero sí exigen uno para llevárselo a la casa y ponerlo de adorno. Un camarada de sentimiento, idea y parranda me habla de su más reciente. “Hay que tratar de montarlo en audio y si es posible con una musiquita”, le dije. De El Socorro a Pariaguán escuché El arte de la guerra y recordaba mi niñez de radio escuchando a Martín Valiente. Una serie radiada de entonces que nos captaba la emoción y nos determinó la personalidad más que la escuela a la cual asistíamos a regañadientes.

Algunos de mi generación con la nostalgia como templo, escuchan a Los Terrícolas o a Los Ángeles Negros, por ejemplo, y exclaman: “eso sí era música, no ese reguetón de hoy en día”. En aquella oportunidad nos alienaban en cámara lenta y ahora a mas velocidad. Nada ha cambiado, el capitalismo sigue determinando los gustos y con ellos nuestra emoción y quien controla la emoción, controla la idea.

La “izquierda” nos ha impuesto ciertos clichés intelectualoides y hay quienes abstraídos de la realidad se imaginan a un país lector y hasta se atreven a asegurar que la conciencia se adquiere exclusivamente leyendo. “Hay que leer camaradas, moral y luces y tal” y “un pueblo ignorante y tal” y mientras tanto son otros elementos los que van determinando la razón.

El capitalismo impuso sus razones de esa manera en un tiempo, cuando se leía, porque todos leímos alguna vez, cuando eso daba caché. Libros bien populares en una época fueron: El milagro más grande del mundo, El vendedor más grande también o algo así y mas tarde, Quién se comió mi queso o La culpa es de la vaca, más o menos así son los nombres de esos libros, pero eso ya no les hace falta.

Se fueron diseñando y conformando maneras más sencillas de manipulación que superaron a la lectura y el hábito de leer. Este es un asunto tan irrebatible que la explicación está demás. Las formas cambian con los tiempos, pero la intención, ay, muy viejísima se rejuvenece cada vez a partir de un supradesarrollo tecnológico como fuente de su eterna juventud.

Aquella frase que se le atribuye a los nazis: “repite una mentira mil veces y luego se hace verdad”, hoy está mas vigente que nunca. Esa está igual, no ha cambiado y sigue funcionando y cada vez funciona mejor porque los métodos para que funcione han encontrado la clave para que la víctima sea engañada sin el mínimo esfuerzo posible.